La consulta

Por favor, quítese los prejuicios de cintura para arriba y déjelos sobre la silla. Bien. Túmbese si lo desea en esta camilla. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que realizó el último análisis? ¿De veras? ¿Nunca? De acuerdo, no se agite. Estoy aquí para ayudarle. Ahora, voy a compartirle lentamente algunas indicaciones para que acceda sin dificultad a su biografía lingüística. Primero, haga el favor de llevar su mano derecha al corazón y trate de respirar hondo. No se detenga y coloque también la mano izquierda sobre la frente. ¿Me sigue? Perfecto. Comience ahora a masajear ambas zonas con suavidad, mientras piensa en los idiomas que le han dejado una huella en su vida. ¿Sabría decirme cuáles son y si siguen hoy con usted? ¿Aún no? De acuerdo, calma. Intente concentrarse para recordar… Presione bien con los dedos. ¿Qué nota? Oh, no se preocupe por las rugosidades, son normales: ni los más altos académicos de la Real Academia de la Lengua Española han conseguido mantener su lengua lisa, por mucho que lleven siglos remojándola en formol… Tampoco se extrañe si de repente percibe alguna marca del pasado que le incomoda: a mí, por ejemplo, se me enquistó el latín durante la Secundaria, como el acné juvenil, hasta que conseguí extirparlo en su mayor parte… Pero, al final, nunca se va del todo, ya sabe. Fíjese que, después de tantos años, aún me supuran algunas palabras… A veces, incluso, me despierto sobresaltado en medio de la noche, como le sucede a usted cuando tiene una de estas crisis de idiomas. Y, entonces, comienzo a dar vueltas y entro en un bucle recurrente, repitiéndome en la cabeza: “¡Mea culpa, mea culpa! ¡Tenía que haber elegido la Química!”. En fin, nada que no se pueda aliviar con un analgésico…

¿Y bien? ¿Qué me dice? ¿Logra identificar alguno de los idiomas que configuran su repertorio lingüístico? Claro, tómese su tiempo, no se apure… Nadie ha dicho que sea fácil. Sí, por supuesto, las pequeñas protuberancias también cuentan: aquellos Bom dia con pasteis de nata que aprendió usted en su Erasmus a Portugal o el café au lait que se tomó a un precio desorbitado junto a la Tour Eiffel, durante el último viaje a París; el curso de esperanto de Duolingo, la serie en versión original de Netflix, las clases de italiano que recibió en el instituto… Toda esa maraña lingüística que enreda su mente lo construye, palabra por palabra, sonido a sonido. Y, claro está, no se olvide de su lengua materna, pues a veces nos da por irnos de tiendas a comprar pantalones nuevos, cuando tenemos en casa uno sin estrenar, no sé si me explico… Sí, exacto, le hablo de su lengua madre: la que le exige su Gobierno no, la otra. Exacto, la que utilizaba sin vergüenza su abuela: la misma que oyó susurrar a sus padres cuando discutían en privado…

Y me dice usted que nota una arritmia lingüística desde su infancia, ¿es eso cierto? ¿Le produce jaqueca con frecuencia? Entiendo… Vamos a ver… Abra la boca y diga cinco veces “eñe”. Ajá. Efectivamente, suena alto y claro: tiene varios nódulos en la garganta a causa de la castellanización. Los síntomas apuntan a que padece las consecuencias de una situación de diglosia. ¿Que si se quita? Muy buena pregunta: lo estamos investigando… De momento, solo hay tratamientos experimentales… ¿Ha oído usted hablar de la planificación lingüística? ¿No? ¿Nunca ha visto ninguna publicidad en el paisaje lingüístico de su barrio? Algunos dicen que funciona y que es mucho más rápido y efectivo, como el café de cápsula. Otros, sin embargo, consideran que es un tratamiento agresivo y que termina dejando un regusto artificial que no agrada a muchos paladares… También se habla de curas progresivas mediante pequeñas dosis de educación plurilingüe. Ah, ¿qué tampoco le suena el concepto? Pues entonces seguro que nunca ha escuchado la palabra intercomprensión… No, hipertensión no, intercomprensión. Aunque ya lleva en el laboratorio más de treinta años, este tratamiento aún no suele venderse en muchas farmacias… Con suerte, podría encontrarlo en el estante de un herbolario, por aquello de que se basa en los ingredientes naturales de la comunicación… No, este no viene en una caja: se puede adquirir a granel, porque dicen que se adapta a las circunstancias del paciente… Ya sabe que en Medicina siempre nos gusta soñar con la cura perfecta…

En fin, no quisiera alargarme en mi discurso, así que sigamos explorando su lengua materna. Dígame: ¿cuándo comenzó a picarle la curiosidad por ella? ¿La saca usted a pasear con frecuencia? ¡Claro, por supuesto que lo necesita! ¿No se lo habían dicho? No se va a pasear sola, al igual que no lo haría su perro… No la confine. Si la deja en casa en todo el día, le sucederá como a las plantas cuando no les llega la luz. Le aconsejo que no se acomode: intente, por lo menos, emplearla en cinco conversaciones cada día. No es necesario que lo haga solo en las comidas ni que coma solo con esta lengua. No le estoy hablando de una dieta monolingüe, sino de integrarla en sus ensaladas y en su rutina. Llévesela siempre que pueda al trabajo, de compras, al gimnasio. Invítela también a celebrar las ocasiones especiales: las graduaciones, los cumpleaños. Disfrútela como una tarta. Y haga lo posible, si lo desea, para que pueda acompañarlo también a las reuniones más selectas. Vístala de boda o de verde esperanza. Dígale “sí quiero” y lúzcala con naturalidad, carpe diem. Que nadie le quite ese poder… El aire fresco curará el sarpullido y poco a poco dejará de picarle…  

¿Y qué me dice del resto de su maraña? ¿Se ha mantenido estable en el tiempo o el enredo lingüístico ha ido in crescendo? Uy, disculpe mi latín: cuando arranco no hay quien lo pare. ¿En aumento, dice? Comprendo. No, no se alarme, por favor: no es síntoma de que se esté muriendo. Naturalmente, a medida que ha ido acumulando nuevos estímulos en su trayectoria vital, su repertorio lingüístico se ha ido enriqueciendo y puede que, de tanto engordar, esté notando el peso del plurilingüismo. Pero le aconsejo que no lo viva como una carga: disfrútelo y siéntase afortunado: no todas las personas acumulan tantos recursos. No deje que se le atrofien, como cuando uno está sentado durante horas en una silla, día tras día y luego no consigue ni levantar el trasero. Ejercite y aproveche sus competencias. Lasci le parole volare, dove le porti il cuore! Le pesarán tan poco que no notará que las lleva encima… Incluso habrá sitio para más. Le queda mucha vida para seguir tejiendo y dándole nuevas formas a su mosaico. ¿Y bien? Ahora que ha aprendido el camino de exploración, ¿se encuentra mejor? ¿Nota cómo va bajando su ansiedad? De momento, digamos que es todo por hoy. Incorpórese si lo desea. Eso sí: a partir de esta tarde, comience sin demora a aplicar estos consejos. Ya puede vestirse. Y no se olvide de recoger sus prejuicios de la camilla. Por supuesto, póngaselos como quiera, pues aquí nadie va a juzgarlo. Todo el mundo los tiene. Al fin y al cabo, si existen es porque el ser humano los necesita para tratar de ubicarse e identificarse en su relación con el resto de las personas. Simplemente, si me permite el consejo, recuerde que conviene conocerlos para saber manejarlos: hay telas ligeras, pero también otras que, con el roce, pueden llegar a hacernos herida. Que tenga un buen día.

La sala de espera

A: —¡Oiga, oiga! Perdone, dígame antes de irse: ¿Duele mucho?

B: —Disculpe, ¿me pregunta a mí?

A: —Sí, sí, a usted. Estaba con el doctor, ¿verdad? Lo he visto salir de la consulta…

B: —Cierto, ahora mismo hemos terminado la sesión.

A: —¿Y duele mucho?

B: —¿Cómo dice?

A: —Siento la intromisión, son los nervios… La cura o lo que quiera Dios que le haga… Le preguntaba si le ha dolido mucho…

B: —También es esta su primera vez, ¿verdad?

A: —Bueno, podría decirse que sí…

B: —Tranquilo, no tema. Lo importante es llegar hasta aquí. En realidad, si lo ha hecho es porque usted ya notaba alguna anomalía que le afectaba, ¿verdad?

A: —Cierto, unas cuantas… No es mi primera crisis, pero suelo resolverlas de modo autónomo.

B: —Pues, no se preocupe: el doctor solo pretende reconfortarlo. Por intensa que sea la cura, nunca será peor que la enfermedad…

A: —Ah, ¿no? ¿Y qué le hace estar tan seguro de eso? En mi opinión, a veces, queriendo arreglar una cosa con la mejor de las voluntades, acabamos sumando dificultades…

B: —Pues no lo sé. Tal vez son impresiones mías… El doctor me ha parecido convincente y seguro en su manera de hablar. Me ha hecho darme cuenta de muchas cosas.

A: —¿Convincente? Bueno, no se quite mérito. Como bien me decía, antes de hablar con él, usted ya notaba que algo no iba bien y que tenía que venir. ¿Se lo ha explicado todo?

B: —Oh, por supuesto, el doctor ha sido muy amable. Me ha conducido por todos los procesos de autodescubrimiento

A: —¿Conducido? ¿Pero no dice usted que se trata de un autodescubrimiento?

B: —Sí, pero él me ha ayudado. Incluso me ha aconsejado un plan personalizado para eliminar mis jaquecas…

A: —Disculpe, ¿un plan personalizado, dice?

B: —En efecto, ya sabe. Cuando uno pone un poco de su parte, enseguida nota mejoría…

A: —¿Enseguida?

B: —Enseguida. Me ha recordado que, como hablante, tengo el poder de elegir…

A: —¿Ah sí? ¿Lo tiene?

B: —Claro, siempre se puede. Por ejemplo, cuando note que el español me da gases, podría recurrir al asturiano. De hecho, me ha recomendado combinarlos para equilibrar la dieta, ¿sabe? Como cuando uno prepara una macedonia.

A: —¿Una macedonia?

B: —Sí, un poco de aquí. Un poco de allí… Disfrutar de mi maraña.

A: —¿Su qué? Pero en una macedonia, aunque todo esté mezclado, seguimos reconociendo las piezas…

B: —¿Y qué tiene de malo?

A: —Solo me pregunto si es necesario ponerle nombre a la fruta, considerando que lo va a ingerir todo mezclado. Al final, el resultado viene a ser como un puré.

B: —Sobre esto no me ha dicho nada… No me ha sugerido utilizar la batidora… Solo que combine la fruta que tengo en casa. Y que no lo haga exclusivamente dentro. Que la saque también fuera, que me la lleve al trabajo… A donde quiera.

A: —Entiendo. ¿Y puede usted hacerlo libremente?

B: —Sí, así me lo ha autorizado. Una rica y sana macedonia lingüística. Esta en mi mano equilibrar la alimentación.

A: —Qué buena metáfora.

B: —Sí, me ha dicho que no reparamos en nuestro potencial como hablantes y que solemos acomodarnos en el uso de una lengua. La dominante, la que quiere nuestro Gobierno. Por eso se nos mueren las otras.

A: —Ajá. ¿Y no se ha preguntado si el hecho de que comamos más de una fruta que de otra no tendrá que ver con que en el supermercado nos las ofrezcan en distinta proporción?

B: —Pues la verdad es que no… Nos hemos concentrado exclusivamente en mi frutero, ya sabe: atención personalizada. El mensaje ha sido: coma de todo, dentro y fuera. Y hágalo libremente.

A: —Ya. ¿Y está seguro de que, cuando salga allá afuera, dando mordiscos a su pieza de fruta, la más minoritaria de su frutero, a nadie le va a molestar?

B: —¿Debería? ¡Por favor, no! Vivimos en un Estado democrático. Nos hemos ganado ciertos derechos… Por ejemplo, mi vecino sale a correr todas las semanas y nadie le dice nada.

A: —Ya. Y, cuando su vecino sale a correr, ¿lo hace por el medio de la carretera?

B: —¿Cómo? ¡No, no, por Dios! ¿Quiere que tenga un accidente? Por supuesto, utiliza las vías verdes y las pistas de atletismo.

A: —Comprendo. ¿Y cree usted que logrará emplear su lengua asturiana en medio de la carretera o necesitará buscar su propia vía verde?

B: —Discúlpeme, no sé a qué se refiere.

A: —El doctor le ha autorizado a emplear su repertorio lingüístico libremente, me parece óptimo. Pero, ¿conoce las normas de su ciudad?

B: —Bueno, mi doctor es de esta zona… No entiendo a dónde quiere llegar…

A: —¿Su doctor lee la prensa? ¿Ha oído hablar de discriminación?

B: —Perdone, pero, con tanta fruta y tanto atletismo, no consigo seguirlo. ¿Qué pretende? Es como si me estuviera hablando de un cruce de autoridades, normas y poderes. No lo comprendo. ¿Qué puedo hacer yo? Soy un simple ciudadano. Confío en mi médico, eso es todo. Están durando más sus preguntas que la consulta del profesional. Si está nervioso, es normal, pero intente tranquilizarse. He de irme, tengo prisa.

A: —Oiga, por favor, no se enfade. Lamento incomodarlo: solo me gustaría que me ayudase a entender, antes de que me llegue el turno, si debo pedirle al doctor su misma dieta o buscar un cambio distinto…

B: —¿Distinto?

A: —Sí, otra alternativa… ¿Ha visto usted esta sala de espera? ¿Cuántos somos? ¿Veinte, treinta? Y en la sala contigua, esperan a la otra doctora María Prescripción otro par de docenas. ¿No le llama la atención?

B: —Pues, si le soy sincero, no había reparado en ello. ¿Venimos todos a lo mismo?

A: — Claro, ¿no ha leído la placa de fuera? No estamos en un médico de familia. Esta es una clínica especializada en la gestión de las crisis y conflictos lingüísticos… Mire, tendemos a pensar que nuestros problemas son solo nuestros. Los personalizamos. No vemos más allá. Corremos buscando la solución. La planificación de la dieta. La palmadita del doctor. La vía verde entre los coches. Y yo le pregunto: ¿Acaso no podemos peatonalizar la calle?

B: —Pero, entonces, si usted ya tiene su remedio, ¿para qué demonios viene a visitar al doctor?

A: —Para prestarle este libro.

B —¿Glotopolítica? ¿Es una nueva dieta?

A: —Algo así. Con este libro, he aprendido que no siempre podemos comer de todo: no porque nos siente mal, sino porque no nos dejan.

B: —¿No nos dejan?

A: —En él nos advierten de que las carreteras existen, aunque no nos guste, y de que los coches atropellan. Nos explican que los gerentes de los supermercados eligen qué fruta se debe colocar a la altura de nuestros ojos. Incluso que nos hemos inventado el nombre de cada fruta para separarla de las otras; y, justo después, hemos querido venderla de nuevo mezclada y llamarla macedonia… Nos hemos olvidado de que la palabra fruta ya existía, que su esencia también era colectiva y que expresaba una realidad plural…

B: —Jesús…

A: —En este libro también se dice que las directrices de las autoridades en las que confiamos parchean, pero no siempre curan. Y que, quienes nos recomiendan ejercer nuestro poder, en realidad, están ejerciendo el suyo sobre nosotros.

B: —Entonces, ¿me dice que en ese libro encuentro todas las respuestas?

A: —Uy, no amigo: nada más lejos de la realidad. Le digo que en este libro solo encuentra más preguntas. Y me gustaría que el doctor también las conociese.

B: —¿Para desorientarlo?

A: —No, para que no nos separe ninguna puerta. Ni en la vida ni en esta sala. Para que construyamos juntos nuestra dieta, lejos de la receta y de la cápsula.

Este texto resulta de una actividad de reflexión progresiva, propuesta en el marco de la formación: «Intercomprensión y Glotopolítica: herramientas para una educación crítica», del Instituto Caro y Cuervo. El texto ha tenido dos versiones previas, las cuales han sido corregidas gracias a las generosas recomendaciones del profesor Daniel Rudas, quien además tradujo al inglés la primera versión con gran maestría y dedicación, así como de otras personas que me acompañan en este curso, como Andrés Cabra, quien realizó aportaciones muy oportunas para incentivar su mejora. La división en dos partes simboliza el progreso en el razonamiento de la cuestión que se plantea, gracias a los aportes del curso. Para completar el ejercicio, lo someto ahora a una tercera valoración, que es la de la comunidad, agradeciendo de antemano su atención y su interés.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: