¿Pensabais que habíamos madurado?

Me escribe una amiga, mamá de un chiquitín de quinto de primaria, a pedirme ayuda con una tarea del colegio de su hijo. No, no es uno de esos casos de colegios que dejan tareas tan imposibles para los niños de cierta edad que los papás tienen que hacerlas por ellos. Es decir, sí es un caso de esos, pero distinto: ¡peor! El colegio cree que el niño debería poder hacer la tarea solo.

El niño acude a su madre porque no sabe la respuesta a una pregunta; la mamá, que tampoco la sabe, acude a mí, seguramente confiada en que, dado que me gano la vida a punta de saberme un par de datos curiosos sobre el español, debía obviamente saber la respuesta a una simple pregunta de quinto de primaria. En efecto la sabía, pero estuve tentada a decirle que no, que no entendía de qué me hablaba, que nunca había visto eso en mi vida. Es más, estuve a punto de ir un poco más allá y proponerle que le dijera a su hijo que no respondiera la pregunta, y que de paso le exigiera al profesor que dejara de preguntar bobadas, que se ubicara espacialmente y evitara llenarles a sus estudiantes la cabeza de cucarachas. Me contuve, le di la respuesta: me imaginé un escenario en el que el niño terminaba expulsado del colegio por grosero y yo de paso sin amiga.

La pregunta, acompañada de una foto de un libro de texto escolar, era “¿en qué tiempo está conjugado este verbo?”. La respuesta fue “en presente”.  Seguro ustedes se preguntarán cómo un niño de quinto de primaria (muy pilo, por cierto) no reconoce un verbo en presente, y más aún, cómo su madre tampoco lo hace. La explicación es simple: ¡porque es un verbo que no está conjugado en el idioma que hablan mi amiga y su hijo!

El verbo en cuestión era “debéis”. ¡Debéis!

La razón por la que yo sabía la respuesta no es porque sea más “cosmopolita” o porque haya dedicado las últimas dos décadas de mi vida a estudiar curiosidades idiomáticas, la razón por la que sabía la respuesta es porque soy cerca de 10 años mayor que mi amiga: es porque tuve la desgracia de hacer mi primaria en una época en la que en Colombia nos ponían a hacer interminables e insufribles planas de “nosotros, vosotros, ellos” y sus correspondientes conjugaciones verbales.

Hace muchos años que me ronda en la cabeza la pregunta de por qué mierdas nos ponían a hacer planas de “nosotros, vosotros, ellos”. ¿Para que pudiéramos entender las películas dobladas a ese dialecto que en Colombia (no sé si también en otros países latinoamericanos) llamamos “españolete”? ¿Porque los libros eran importados? ¿Porque los editores de libros de texto, y de paso los profesores, temían que, si enseñaban cosas que los estudiantes podían responder con sus habilidades como hablantes nativos, iban a quedarse sin trabajo (o lo que es peor, tendrían que sentarse a pensar qué conocimientos podrían serviles para desarrollar competencias comunicativas)? No era necesario, para eso ya estaban los exámenes en los que se nos pedía (y se sigue pidiendo) reconocer cuál es el pretérito pluscuamperfecto o las subordinadas concesivas (cosa que nadie saber hacer y no importa, porque igual no sirve para nada). 

Pero en los últimos años empecé a notar que el español que se enseña en los libros de texto en Colombia, si bien no termina de parecerse al español que se habla en el país, al menos ya no tenía esas horribles conjugaciones verbales. Pensé, entonces, que el tema estaba superado, que habíamos madurado (al menos un poco). Pensé que el “debéis” se había ido por la misma época en la que se fueron de los libros de sociales las intendencias y las comisarias. Estaba convencida de que habíamos pasado la página.

¡Hasta hoy! La foto de la página del libro de texto que me mandó mi amiga me revolvió las tripas: un libro de texto editado en Colombia en esta misma década.

No crean ni por un segundo que tengo algún problema con el español peninsular ni con sus hablantes. ¡Para nada!  Me encanta oírlos hablar, y, como me pasa con otros hablantes de Latinoamérica, a veces los entiendo, a veces no, y tengo que preguntarles qué carajos significa lo que acaban de decir. Pero, por muy amplia que sea la “hermandad entre pueblos”, cualquier padre de familia pondría el grito en el cielo si, por ejemplo, a su hijo le preguntaran en un examen sobre historia de Colombia (si tal cosa existiera) si la presidencia de Adolfo Suárez fue antes o después de la de Leopoldo Calvo. Seguro se indignaría y preguntaría ¿qué tal si más bien le dieran una repasadita a la Constitución del 91?   

Y entonces vuelvo a la misma pregunta que me ha trasnochado tantas veces: ¿qué hacen unas conjugaciones importadas en los libros de texto de unos niños que nunca los han oído (más allá de los videos de youtubers españoles que han venido a reemplazar a las películas dobladas de los años 80)?

Ustedes dirán, como seguramente pensó mi amiga después de la cantaleta que le di y que seguramente la hizo arrepentirse de haberme pedido ayuda con la tarea, que es una bobada, que soy una desocupada con ganas de ponerme iracunda por detalles tontos.

Sí y no. Sí que soy una desocupada, el tiempo dedicado a escribir esta diatriba es prueba de ello. Pero no es un detalle irrelevante. Supongamos el siguiente escenario (lamentablemente no hipotético): un niño vive en su casa con sus dos papás o sus dos mamás o su madre soltera o su padre adoptivo o cualquier configuración familiar que se les ocurra, llega al colegio y su profesor le dice que una “familia correcta” está compuesta por un padre y una madre casados por la iglesia y sus correspondientes hijos biológicos. Ya se imaginarán para dónde voy, no es necesario entrar en los detalles. “No es lo mismo” me dirán. Y no, no es lo mismo, pero se parece.

Porque decirle a un niño “tu familia no es como es como debería ser” al final no está tan lejos de decirle “en tu casa/ciudad/país no se habla como se debería hablar”. Alguien podría decir: “Pero el niño entiende que los verbos pueden conjugarse de diferentes formas” Y sí, el niño entiende que, aunque el libro diga “debéis”, la gente “normal” dice “deben”, pero y ¿qué hacemos con esa semillita que quedó sembrada de que una de esas formas es un poco mejor que la otra?  

Nos guste o no, las personas construimos (o apropiamos) eso que los lingüistas (y sus amigos) llaman ideologías lingüísticas. Para no enredarme con explicaciones mal inventadas, eso es lo que José del Valle (uno de esos a los que les gustan esos temas) definió como “sistemas de ideas que articulan nociones del lenguaje, las lenguas, el habla y/o la comunicación con las formaciones culturales, políticas y/o sociales específicas”. Dicho en español (de Colombia) eso es algo como “qué pensamos (sentimos, hacemos…) de esas vainas de la lengua y, de paso, los juicios que formamos de la gente por la manera en la que la usa”.  

Entonces, asumamos que un hispanohablante cualquiera se encuentra de casualidad con esa incluyente y cero prejuiciosa entrada del Panhispánico de dudas sobre cómo se pregunta la hora: “La pregunta que corresponde a la indicación de la hora se formula, en la lengua general culta, en singular: ¿Qué hora es? […]. Su formulación en plural (¿Qué horas son?) es admisible, aunque menos recomendable, y se da con cierta frecuencia en algunos países de América, especialmente en el nivel popular” (énfasis añadido, obviamente). Supongamos que este hispanohablante cualquiera es un niño de quinto de primaria (al que además le han dicho que hablar “correctamente” es EL bien supremo) y que la distinción sobre cómo se pregunta la hora define si alguien habla la “lengua general culta” o es un pinche latinoamericano que habla en un lenguaje “popular”. Supongamos que después de adecuar su propia manera de preguntar la hora para ser más culto, escucha a su madre o a su abuelo preguntando la hora en pinche latinoamericano popular. ¿Me siguen?

Hagan la prueba, paseen un rato por el PANhispánico de dudas o incluso por el mismo diccionario de la RAE. Aunque le han bajado un poco en los últimos años, todavía es bastante común encontrar las formas latinoamericanas catalogadas como “populares” frente a las formas ibéricas, que “por naturaleza” son más “cultas”. El español de la Madre Patria sigue siendo el de “verdad” y el nuestro un remedo mal aprendido, porque no hemos alcanzado la mayoría de edad lingüística y prueba de ello es que nuestros libros de texto enseñan que “vosotros debéis” y no que “ustedes deben”.

Esas cosas no pasan solitas. Las razones históricas y políticas por las que las conjugaciones alienígenas llegaron a los libros escolares latinoamericanos (de donde no se han terminado de ir) son muchas: arrancan con la pataleta esa de si se dice “español” o “castellano”, en la que estamos metidos desde el siglo XIX con los proyectos nacionalistas posindependencias y de la que no hemos terminado de salir, y, digo yo, se terminaron de afianzar como consecuencia de la exclusión del régimen franquista del Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial, pero no voy a aburrirlos con una cátedra de historia[1].

En todo caso, sean cuales sean las razones, queridos editores de libros escolares y profesores latinoamericanos dejad por favor, de una vez y para siempre, la bobada.

Nota al margen:

Fumábame no ha mucho un cigarrillo en una esquina de Montevideo. Cruzando la calle, un enorme grafiti invadía de lado a lado la pared de la casa de enfrente: “Votá si” (aunque en ese momento ya había ganado el “no”). Me causó gracia y le dije, medio en chiste y completamente en serio, a mi interlocutora “que no se diga que no hay tildes más políticas que otras”. Por una casualidad del destino hablábamos en ese momento, mi interlocutora (María Cecilia Manzione, expertísima en libros de enseñanza del español en Uruguay) y yo, sobre la intromisión de los verbos españoletes en las clases de colegio, maña que también cogieron allá. Las tildes del grafiti (tanto la presente como la ausente) me parecieron una luz de esperanza, una prueba de que, a pesar de la educación escolar, los jóvenes aprenden a conjugar los verbos, aprenden a escribir, aprenden para qué sirven las tildes y cuándo y cómo tienen que usarse. Incluso aquellos que no sabrían ponérsela a “debéis”.


[1] El chisme del proyecto nacionalista y los libros de colegio se los cuenta al detalle María Cecilia Manzione en Lenguaje, educación y Estado. Un libro con el que uno no sabe si reírse o ponerse a llorar sobre esto del español (o castellano (ella les explica esa novela también)) y los libros de colegio. En cambio, si quieren el chisme de cómo es que se conectan las loqueras lingüísticas colombianas con la posguerra europea, ándense a leer a Carolina Chaves-O´Flynn. Se las dejo por acá: http://glottopol.univ-rouen.fr/telecharger/numero_32/gpl32_06chaves.pdf

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