El discurso de la posesión La investidura de Gustavo Petro como presidente de Colombia

Jorge Luis Alvis Castro

Nueva York, 12 de agosto de 2022

jorgealvis@gmail.com

Sucedió bastante rápido. El mismo domingo 7 de agosto de 2022 en horas de la tarde circulaba por Whatsapp una copia en PDF del discurso de posesión del nuevo presidente de Colombia Gustavo Petro. Un par de colegas que habían leído mi comentario al discurso del triunfo electoral en segunda vuelta de hace algunas semanas (19 de junio)[1] lo compartieron conmigo. Que el discurso escrito y formateado circulara fácilmente por redes sociales indica que las palabras del nuevo presidente pasaron por los filtros de la preparación y que esta vez no hubo improvisación, o no tanto.


Los símbolos
La ceremonia de posesión presidencial fue un gran rito lleno de símbolos. Un evento en el que todo significaba: la presencia de ciertas personas (como los invitados de honor del presidente: pescador, campesino, barrendera, vendedora ambulante, lideresa juvenil) y la ausencia de otras, como la de los expresidentes colombianos (Uribe y Pastrana) y de mandatarios de la región (Maduro, de Venezuela, y Castillo, de Perú). También significaba la ropa de hombres y mujeres con mensajes verbales, como los de la senadora Pizarro, cuya chaqueta tenía en la espalda, además de una imagen de su padre asesinado, la frase “Que la lucha por la paz no nos cueste la vida”; o el vestido de la ministra de Minas y Energía Irene Vélez, que venía con el texto “nos faltan 9” (en referencia a nueve jóvenes de la “primera línea” enjuiciados); y la ropa de Sofía Petro, hija del presidente, que traía dos frases: “justicia social” y “justicia climática”. Igualmente, la ropa de otros protagonistas llevaba mensajes no verbales, como el traje blanco de pantalón de la primera dama Verónica Alcocer o el traje azul del presidente de la Cámara David Racero. En esta jornada ritual de exhibición de los “nuevos” en el poder, la etnomoda (la indumentaria civil basada en motivos etnopolíticos) daba su grito de independencia y reivindicación, y convertía el 7 de agosto de 2022 en la jornada de emancipación fashionista de una identidad política y cultural enclosetada.

Y entre los símbolos, ¡la espada! La impensada protagonista de la llegada del nuevo gobierno. Se trató de una de esas escenas de película que se hacen memorables sin estar en el guion, pero que gracias a la combinación de genialidad y complicidad de actores y equipo técnico quedan grabadas en un registro irrepetible. Nadie hubiera previsto cuánto del cambio político que Petro quería comunicar en su discurso presidencial formateado quedó contundentemente ilustrado en la escena de la espada: Petro, una vez investido por el presidente del Congreso y antes de tomarle juramento a la vicepresidenta, con voz de mando dio su primera orden en público ante el mundo: que trajeran a la tarima la espada de Bolívar[2], hoja de metal en desuso que, tras haber atravesado carnes castellanas y libertado comarcas americanas, había encontrado reposo en una privilegiada urna de cristal. Con una orden presidencial, Petro desenvainó el pasado en el presente… un presente que, en la ceremonia, quedó formal y protocolariamente “en receso” por diez minutos mientras traían el metal, tiempo justo para revisar los celulares, tomar fotos, publicar trinos y comentar en Instagram sin desentonar con la formalidad.

Estamos ante una escena glotopolítica[3] en la que una vez juramentado el presidente candidato, sus actos de habla como comandante en jefe de las Fuerzas Militares son eficaces; confirmación en vivo de que la política es simbólica, no solo material y económica. El rifirrafe de fondo entre el gobierno saliente y el entrante sobre la presencia de este “objeto” deseado revela cómo al Poder lo define su lucha permanente por la interpretación autorizada del pasado y del presente, condición necesaria de cualquier imaginación política del futuro.

La espada de Bolívar finalmente llegó custodiada por soldados vestidos a la usanza de las primeras décadas del siglo XIX. Unos se levantaron apenas entró en escena, mientras el monarca español prefirió quedarse sentado. La espada de Bolívar, símbolo central de la historia hispanoamericana, que localmente representa al movimiento guerrillero M-19 en el cual militó el actual presidente, fue “reactualizada” el 7 de agosto de 2022 en la plaza principal de Bogotá. Seguirá siendo el símbolo de nuestra lucha de emancipación anticolonial que cambió el curso de la historia universal, pero además se ha convertido, desde hace unos días, en el símbolo de un retorno. Ahora bien, los signos no funcionan solos, aislados en un universo de asociaciones mentales o semióticas, sino que tiene su valor en cuanto representan sentimientos colectivos vivos, inefables, por lo que derivan su poder cohesionador de la capacidad de expresar lo que a menudo se les escapa a las palabras. Tengamos en cuenta, por ejemplo, que, tal como reportó la prensa el 7 de agosto, el día de la posesión presidencial en ciudades como Cali, epicentro de las protestas sociales de noviembre de 2019, se vendían como pan caliente tanto las banderas de Colombia (símbolo de la historia oficial) como las del M-19 (símbolo de la historia rebelde). Somos testigos del retorno de los símbolos. Pongámoslo en contexto internacional: ¿no hemos visto semejantes reactualizaciones, por ejemplo, la de la bandera confederada, con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos en 2016? Y en el contexto de la invasión rusa a Ucrania, ¿no está de vuelta la bandera comunista de la Unión Soviética? Cabe preguntar entonces cómo es que el vertiginoso presente, ávido de cambio e innovación, termina encarnado en recargados símbolos del pasado.

Algo más: en el exceso propio de los ritos, la ceremonia de investidura también dejó ver cuán militarizado está o es (ambos verbos caben) el Poder Ejecutivo en Colombia. El despliegue de destacamentos militares, con sus honores y juramentos, disfraces y uniformes, aunado a las salvas de colores y al sobrevuelo de aviones, dibujó el paisaje colorido y barroco de la institucionalidad castrense en cuya cúpula se inscribe la figura del presidente. La imagen de Petro marchando acompasadamente hacia el palacio de Nariño con la cúpula militar es, por eso, quizás la foto más emblemática de la jornada. El exceso militar de la ceremonia se ve claramente en el hecho de que, en la trasmisión institucional por el canal de televisión pública del Congreso de la República, el analista o comentarista invitado no era un politólogo historiador, sino un teniente que iba explicando cada uno de los momentos militares del rito de transición de mando presidencial. Por ejemplo, sobre los cuatro destacamentos dispuestos para dar el saludo al presidente una vez investido, explicó: “esos cuatro bloques representan cuatro momentos importantes, el primero de ellos va a ser un momento histórico en donde vamos a ver la construcción de lo que han sido las fuerzas militares desde el siglo XIX hasta el siglo XX y el siglo XXI. Pasajes importantes de la historia tanto del Ejército Nacional como de la Armada de la República de Colombia, la Fuerza Aérea Colombiana y la Policía Nacional”.

Las palabras
La posesión del nuevo presidente es parte de una Sesión del Congreso en Pleno[4] que inicia en el recinto del Capitolio Nacional y luego se desplaza a la ceremonia a cielo abierto en la plaza de Bolívar. Cuando están todos los congresistas e invitados nacionales e internacionales completos y en su lugar, se retoma la sesión. En este caso, el presidente del Congreso, Roy Barreras, interpeló al secretario del Senado diciéndole: “Señor secretario, reanudamos la sesión del congreso pleno. Siguiente punto del orden del día”[5]. Es decir, lo que parece un evento comunicativo autónomo o independiente (la investidura) está englobado en una secuencia de actividades que constituyen una sesión especial de trabajo del Congreso en pleno. Ese es el marco institucional de posesión del presidente y la vicepresidenta. Por eso, antes de que el nuevo presidente pueda hablar en calidad de tal, primero le toman el juramento y luego habla el presidente del Congreso. Ambos, el juramento y el discurso del senador, son discursos habilitadores, que se disponen como columnas de un edificio discursivo sin el cual las palabras del nuevo mandatario no tendrían sostén institucional y legal.

El juramento tiene su curiosidad sociolingüística propia. El texto del juramento está establecido en el artículo 192 de la Constitución Política con todas sus letras, pero no se establece qué debe decir el tomador del juramento. En esta versión del 2022 fue así:

Roy Barreras: “Invocando la protección de Dios, ¿juráis ante esta corporación que representa al pueblo de Colombia cumplir fiel y legalmente con los deberes que el cargo del presidente de la República os impone, de acuerdo con la Constitución y las leyes?”.

Gustavo Petro: “Juro a Dios y prometo al pueblo cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia”.

Roy Barreras: “si así fuere, que Dios, esta corporación y el pueblo os lo premien, si no que él y ellas os lo demanden”.

Roy Barreras usa la forma pronominal del vosotros, una antigualla sintáctica que vive como fórmula ritual en juramentos, oraciones religiosas y cancioncillas navideñas. Creo que es tiempo de actualizar los juramentos a las formas de tratamiento propias del español colombiano del siglo XXI, que prefiere el “usted”: “jura usted… se lo demanden”. Francia Márquez, que es una fuerza innovadora en el discurso político colombiano y que no pierde ocasión de introducir su voz creativa en los discursos formateados, puso su estampa al final de su breve juramento como vicepresidenta (siguiente punto en el orden del día) con una fórmula de desdoblamiento de género y un mandato de la lucha social: “Juro a Dios y al pueblo cumplir fielmente las Constitución y las leyes de Colombia. También juro ante mis ancestros y ancestras. Hasta que la dignidad se haga costumbre”. Frases cortas que en enunciaciones sencillas condensan su espíritu de lucha y de renovación, pero también de tradición popular, cuya autenticidad facilita la identificación con su gobierno.

En este sentido, Gustavo Petro y Francia Márquez son un gobierno de léxico coloquial (como el de Uribe Vélez en su primer mandato) con ideas y expresiones que han calado, con aceptación o rechazo, en el habla cotidiana colombiana, e incluso en la prensa y las columnas de opinión. Nadie en Colombia es inmune al léxico del nuevo gobierno, como la discutida expresión del “vivir sabroso”, que fue objeto de burla y celebración durante la campaña electoral. En esto, el gobierno entrante contrasta con la pobreza léxica del saliente, que tenía santoyseñas difíciles de incorporar en las conversaciones cotidianas y en la discusión política espontánea, uno de los deportes verbales preferidos de la Colombia hoy. No puedo imaginar una frase suelta donde expresiones como “Paz con legalidad” o “economía naranja” no fueran objeto de un merecido rechazo conversacional.

A los juramentos, siguió el discurso del ciudadano senador (como lo llamó el
secretario de la corporación) Roy Barreras. Barreras es un hombre carismático y de ideología política maleable que sabe hacer complicadas piruetas electorales en el aire y caer sentado en una curul del Congreso, recibir aplausos y, además, escribir libros. Barreras ha escrito varios libros de poesía mientras oficia como senador. Es un hombre de pensamiento estratégico, pragmático, camaleónico. De entre los diferentes roles que ha desempeñado en los últimos dieciséis años, yo destaco y agradezco su participación en el proceso de paz con la guerrilla de las Farc entre 2010 y 2016. Barreras, que es médico y sociólogo, siempre tuvo claro que esa era la ruta política para producir el cambio democrático en Colombia, por lo cual apoyó desde la Comisión de Paz del Congreso la Mesa de Conversaciones y trabajó de cerca con los delegados del gobierno y de la guerrilla en La Habana (en su discurso, incluso, citó literalmente un fragmento del “Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y duradera”).

El discurso de Roy Barreras tiene tanto de ancho como de largo para un análisis propio, aunque no me detendré en él sino brevemente. En su discurso, cuando apeló a los invitados internacionales, el público de la plaza de Bolívar abucheó a Felipe VI, a Lenín Moreno, a Guillermo Lasso, y aplaudió a Gabriel Boric, a Luis Arce, a Alberto Fernández; y cuando se refirió a dignidades nacionales y locales también se oyeron vítores y rechiflas. En algunos pasajes utilizó un tono exaltado e inflexiones efectistas de la voz que los colombianos identifican con el adjetivo de “veintejuliero” (referido a los discursos independentistas pomposos y de doble faz del 20 de julio de 1810). En cualquier caso, hay dos aspectos de fondo que me llamaron la atención: primero, que se trata de un discurso construido sobre la pregunta “¿De qué historia venimos, de dónde venimos quienes aquí estamos?”, lo cual le permite hacer un repaso por la historia nacional y, sin enunciarla explícitamente, abordar la pregunta “qué vinimos a hacer hoy”, cuya respuesta es ¡a cambiar la historia!, por supuesto. Un segundo aspecto son las citas. Barreras invoca a varias personalidades, como el político liberal decimonónico Ezequiel Rojas, la economista italoamericana Francesca Mazucatto, el narrador colombiano Mario Mendoza, y bien discute con ellos o los menciona de un modo tal que le permite autoidentificarse públicamente como un político de ideología liberal. Aquí se da un giro interesante en el discurso de Barreras, porque la historia nacional que ha contado y su propia biografía política están ahí para señalar que, a pesar del ideario y las promesas de la democracia liberal, Colombia es un país en deuda con su gente. Y son esas deudas no saldadas las que explican la llegada de la izquierda al poder. Barreras establece un diálogo de ideas con diferentes autores y no solo con el público ampliado de esta sesión abierta del Congreso, por lo cual hay ahí material por explorar que permite desgranar las claves de este bloque de poder que, en su heterogeneidad ideológica y social, se presenta hoy como gobierno popular.

Cuando la espada talismán estaba a la vista, habló el nuevo presidente. Fue un discurso extenso, como era de esperarse. Al igual que el del senador Barreras, este comenzó con una larga apelación a las dignidades presentes y ausentes, como pasando revista a los órdenes políticos y sociales del mundo y sus representantes de afuera hacia adentro, de lo internacional (monarca, presidentes, primeros ministros, representantes personales de presidentes, enviados especiales, embajadores, jefes de delegaciones diplomáticas… y sus esposas), pasando por lo nacional hasta aterrizar en lo local. Un exordio en el que cada dignidad era un punto de referencia necesaria para que el sujeto “yo el presidente” se ubicara en el espacio sideral de la política mundial.

Porque Petro le habló al mundo. Invocó a la humanidad, habló de su extinción. No fue un discurso del último libro sagrado de los cristianos, sino del primero, o quizás de los evangelios de la mitad, que hablan de recomienzo, de redención, de volver a nacer. Encuadró su discurso, como ya lo había hecho antes, dentro de la metáfora garciamarquiana de la segunda oportunidad para la estirpe de los Buendía. Él mismo, que tuvo por nom de guerre Aureliano durante sus jóvenes tiempos de guerrillero. No es raro: García Márquez está a la orden del día entre los presidentes ilustrados en Colombia. Álvaro Uribe no lo utilizó o lo mencionó en sus discursos, pues no era de andar leyendo autores izquierdosos; tampoco lo hizo Iván Duque que no leía literatura ninguna. Sí lo hizo Juan Manuel Santos al final de su discurso de recepción del premio Nobel de la Paz, que se ganó por quitarle de las manos los fusiles sin arrebatarles las ideas a las FARC. Dijo Santos en la fría Oslo:

En 1982 ―hace 34 años― comenzaron los esfuerzos para alcanzar la paz de Colombia mediante el diálogo. Ese mismo año, en Estocolmo, Gabriel García Márquez, quien fue mi aliado en la búsqueda de la paz, recibió el Premio Nobel de Literatura, y habló de “una nueva y arrasadora utopía de la vida (…) donde las
estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Hoy Colombia ―mi amado país― está disfrutando de esa segunda oportunidad, y les doy las gracias, miembros del Comité Noruego del Nobel, porque en esta ocasión no solo premiaron un esfuerzo por la paz: ¡ustedes ayudaron a hacerla posible!
El sol de la paz brilla, por fin, en el cielo de Colombia.
¡Que su luz ilumine al mundo entero!

¿Es que todos los caminos del discurso del cambio conducen a Gabo y a su mítico relato de nuestra refundación imaginaria como pueblo atascado entre ciénagas y montañas, perdido de las rutas comerciales, a donde llegan cada tanto sabios gitanos a deslumbrar con las últimas maravillas del mundo? No necesariamente. Lo que yo veo en Santos primero y en Petro después, a través de la metáfora de la segunda oportunidad, es un esfuerzo por poner a Colombia en el acimut del diálogo universal; un esfuerzo por hacer llegar, más allá de la frontera de Macondo, el mensaje de que lo que pasa aquí (la guerra y la paz) no es local, sino de interés mundial. Se trata de una tarea con muchas décadas de retraso, pues ya alguien caracterizó alguna vez a Colombia como “el Tibet de América”, una nación contrarreformista, gobernada intelectualmente desde la amurallada ciudad de Bogotá, impermeable a la inmigración extranjera a pesar de dos océanos y cuyas élites blancas se sentaban todas las tardes a mirarse complacientemente el ombligo y regodearse en las glorias del pasado colonial.


Pero ahora, según el discurso de Petro, la cosa es diferente. En Colombia no está en juego solamente el triunfo de una plataforma progresista, sino el destino de la especie. Realidad o hipérbole, su idea de que Colombia será “potencia mundial de la vida” funciona a partir de imaginarios internacionales sobre las “potencias mundiales” como grandes polos de desarrollo económico, tecnológico y militar, realidad material de la cual está muy lejos el país, lo cual en ningún caso le impide buscar abrirse un espacio dentro de las conversaciones mundiales urgentes, tales como la política internacional de drogas con enfoque preventivo y la reducción de los consumos (no solo de drogas sino de bienes mineroenergéticos), las medidas efectivas contra el calentamiento global, el desarrollo de energías limpias y la integración energética regional de Latinoamérica, el fortalecimiento de organismos multilaterales regionales y las alianzas estratégicas entresures (Suramérica-África; Suramérica-Sudeste Asiático).


El discurso de posesión fue un discurso sobre la segunda oportunidad, es decir, sobre lo que no ha sido aún, sobre lo que puede ser. Y en la perspectiva de su gobierno son tres los ejes de lo posible: la paz, la igualdad (de género) y el futuro verde, todo ello en un contexto de soberanía y de integración latinoamericana. En su exposición pública de estos temas, hay dos argumentos que me parece relevante comentar: uno es el planteamiento poshegemónico del fin de los bloques y las diferencias ideológicas y el otro es el de la neutralidad de la ciencia.

En el primer razonamiento, Petro afirma

Ya es hora de dejar atrás los bloques, los grupos y las diferencias ideológicas para trabajar juntos. Entendamos de una vez y para siempre que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Y que juntos somos más fuertes. Hagamos realidad esa unidad con la que soñaron nuestros héroes, como Bolívar, San Martín, Artigas, Sucre y O’Higgins. No es una utopía ni es romanticismo. Es el camino para hacernos fuertes en este mundo complejo.


El discurso de la unidad es parte de la huella dactilar de los revolucionarios latinoamericanos desde las independencias, cuando quedó claro que, como pueblos periféricos en lucha desigual contra imperios y potencias, la unidad hacía la fuerza. Luego, en tiempos poscoloniales, cuasirrepublicanos y constitucionales, se esgrimió la solidaridad revolucionaria entre hermanos de América contra gobiernos títeres, dictatoriales, antipopulares, etc. La “Latinoamérica unida” se ha definido opositivamente contra un hegemón, interno o externo. Petro, sin embargo, ahora en el poder, plantea una unidad pragmática que “deje atrás” el pensamiento partidista, el orillamiento ideológico. Cerrado el ciclo guerrillero en Colombia, la izquierda en el poder debe trabajar en y por la unidad internacional sin elaboraciones utópicas ni romanticismos juveniles: hay que producir energías limpias (descarbonizadas, en su vocabulario), integrar las redes eléctricas, resolver los problemas de fronteras y aduanas y, por qué no, forjar una moneda común. Con todo, en el discurso de Petro los referentes de estas aspiraciones de unidad son los héroes independentistas Bolívar, San Martín, Artigas, Sucre y O’Higgins, figuras cuyos idearios, prácticas y vidas personales, vistas desde el presente, chocan con las experiencias de lucha de una mujer como Francia Márquez, con la resistencia indígena a los estados-nacionales, así como con las críticas feministas y decoloniales.

¿A dónde voy con esto? A destacar, en primer lugar, que las fuentes de unidad latinocaribeña son diversas y productivas, y atraviesan la historia, las fronteras administrativas, las barreras naturales y las consignas ideológicas. Hay más cosas que nos unen que las memorias y los deseos de los próceres. En segundo lugar, quiero destacar que el argumento de la unidad también lo han utilizado fuerzas políticas conservadoras para adelantar otros tipos de proyectos regionales. En el movimiento electoral pendular de los países de la región, las derechas y las izquierdas latinoamericanas contemporáneas se piensan y actúan en bloques. El discurso de la integración regional latinocaribeña es utilizado estratégicamente por los mandatarios de turno que lo dotan de contenido doctrinario afín a su ideología. Pero la integración ya no es un tropo propio de la izquierda libertaria, sino una necesidad de la economía política actual.


El segundo argumento, sobre la ciencia, lo enuncia Petro al hablar del futuro verde. Dice:

El cambio climático es una realidad. Y es urgente. No lo dicen las izquierdas ni las derechas, lo dice la ciencia. Tenemos y podemos encontrar un modelo que sea sostenible económica, social y ambientalmente.

Más adelante vuelve sobre el tema:


Solo habrá un futuro si equilibramos nuestras vidas y la economía de todo el mundo con la naturaleza. La ciencia ha anunciado la extinción posible de la especie humana en apenas uno o dos siglos por los efectos en la salud que traería la crisis climática. El virus del covid le mostró a toda la humanidad la alerta viva y real de esta posibilidad. La ciencia no parece equivocarse. Por eso
desde esta Colombia le pedimos al mundo acción y no hipocresía.


Petro hunde los botones de viejas discusiones epistemológicas tendidas sobre el terreno de la política. ¿Es la ciencia de izquierda o de derecha? ¿Es el cambio climático verdad o invención? ¿Es el virus del covid un truco de una élite global con un plan oculto para tomar el control de los recursos naturales y dominar a la poblaciónmundial? No lo sé, los virus no votan. La declaración de Petro de que el cambio climático es una realidad porque lo dice la ciencia parece una tautología, y lo es. Pero lo dice en un contexto y en un momento de la historia en que los hechos y los datos no constituyen verdades, sino opiniones. Se ha llamado “posverdad” a este régimen de crisis de la credibilidad de la ciencia y de las autoridades científicas en la esfera pública. Petro afirma también, aunque con menos contundencia, la infalibilidad de la ciencia: “parece no equivocarse”. ¿Equivocarse en qué?, en la predicción del riesgo de extinción, en el traspaso de las líneas rojas de no retorno como habitantes de este planeta. En efecto, con la huella ya indeleble que hemos dejado sobre la faz del planeta dimos inicio a una nueva y definitiva era geológica: el antropoceno.


Son ambos temas muy actuales, la neutralidad de la ciencia en un mundo que cree en promesas de felicidad y cada vez menos en las verdades fácticas y la alerta de que nos acercamos a situaciones límite para la especie. Es un gusto poder reflexionar sobre esos temas públicamente y discutir con ustedes cómo el discurso de posesión de Gustavo Petro puede leerse como una pieza de engranaje con los debates urgentes, en los que Colombia, la potencia mundial de la vida, manifiesta tener algo que decir.


[1] Alvis, J. (2022). El discurso pendiente. A propósito del triunfo histórico de Gustavo Petro y Francia Márquez. Disponible en: https://glotopolitica.com/2022/07/13/alviscastro/

[2] “Como presidente de Colombia le solicito a la Casa Militar traer la espada de Bolívar. Una orden del mandato popular y de este mandatario”.

[3] Elvira Narvaja de Arnoux señala: “Las escenas glotopolíticas irrumpen alterando en cierta medida lo aceptado o las rutinas comunicativas y obligan a una actividad interpretativa que dé cuenta del efecto de anomalía que generan”. Ver “Glotopolítica: delimitación del campo y discusiones actuales con particular referencia a Sudamérica”, 2014.

[4] La “sesión solemne y protocolaria para trasmisión del mando presidencial” del Congreso en pleno del 7 de agosto de 2022 empezó con un llamado a lista o verificación de asistencia de representantes y senadores, luego se leyeron los nombres de los que conformaban la comisión protocolaria que iba a
informar al presidente electo (quien se encontraba en el palacio de la Cancillería a unos metros del Capitolio Nacional) que el Congreso estaba reunido y listo para la ceremonia.

[5] El orden del día fue: 1) Himno de la República; 2) Toma de juramento del nuevo presidente por parte del presidente del Congreso; 3) toma de juramento de la vicepresidenta por el nuevo presidente de la República; 4) palabras del presidente del Congreso; 5) palabras del presidente de la República; 6) lectura
y aprobación de la proposición final de la sesión solemne del Congreso. Video de la transmisión institucional de la ceremonia a través del Canal del Congreso, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=m93UUZd9TzQ&ab_channel=CanalCongresoColombia

Publicado por sinmayuscula

Soy lingüista. Nunca lo planeé, en realidad nunca he planeado nada. Los textos me volvieron su editor, su aya. Yo los leía mientras ellos iban mostrándome el lado derruido de sus palabras, su espina dislocada, el dolor ubicue. Como todos los correctores, tengo algo de escritor temeroso y de lector temerario.

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