¿Petro sí es presidente?

Después de la posesión del domingo quedé con muchas dudas. Y no sé si para salir de ellas debería consultar a un abogado constitucionalista o un filósofo del lenguaje.

Como muchos colombianos y colombianas, el domingo por primera vez en mi vida vi una posesión presidencial. La vi por televisión; hecho que pudo haber tenido un efecto en las dudas que ahora me trasnochan. Porque, si, en cambio, hubiera estado en la plaza rodeada de mis efusivos conciudadanos a los que no parecía estarles molestando lo que estaban presenciando, habría podido pedirles que me explicaran qué mierdas era lo que estaba pasando y así entender todo lo que ahora no entiendo.

Verán, yo pensé que había entendido cómo funcionaban eso que llaman actos ilocutivos, entiéndase esas cosas que se “hacen” cuando se dicen, como jurar, prometer, felicitar, aceptar, etc., etc., etc. Eso tiene unas normas, no me lo estoy inventando. Yo no puedo declararme reina de Inglaterra; o pues sí puedo, pero eso no me hace reina de Inglaterra. Y por eso es que no sé si Petro es o no el presidente de Colombia. Reglas básicas: las personas apropiadas deben decir las palabras apropiadas en el contexto apropiado. En nuestro caso, tenemos a las personas apropiadas en el momento apropiado, pero no me queda claro si diciendo las palabras apropiadas ni si en el lugar apropiado.

Como en todo, en esto de las reglas para jurar bien, no todo el mundo está de acuerdo. Hay unos que creen, como creía yo hasta el domingo, que los juramentos son nulos si las personas dicen güevonadas. Esto más o menos quiere decir que las personas tienen que creer en las palabras que dicen, las palabras deben significar algo y, de paso, debe ser explícita la intención del juramento, es decir, importa el significado de lo que se dice y que sea claro para los otros lo que se dice. Pero no falta el que defiende por encima de la explicitud la precisión, es decir, que para que un juramento quede bien hecho lo que se necesita es decir lo que se ha acordado que se debe decir, que podría o no tener sentido, o sea, lo que importa es la exactitud de las palabras. Y sobre todo esto no tengo muy claro qué podrían decir los abogados.

Aquí es donde yo necesito una doble asesoría como la que piden ahora para cambiarse a Colpensiones. Quiero tener en un teléfono a un experto en actos de habla y en el otro a un experto en leyes. Porque cuando yo oigo a Petro decir “Juro a Dios y prometo al pueblo cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia” no puedo sino sentir un retorcijón en las tripas. ¿Qué significa eso de jurar a Dios en un país “laico”? Petro puede decirle a su Dios lo que le venga en gana, yo en sus asuntos religiosos no meto. Acá no se trata de que yo piense que eso es como decir “Juro por Odín”. Se trata de que hay una sentencia de la Corte Constitucional (la C-350-94, por si no me creen y quieren ir a corroborar) que dice “Un Estado que se define como ontológicamente pluralista en materia religiosa y que además reconoce la igualdad entre todas las religiones no puede al mismo tiempo consagrar una religión oficial o establecer la preeminencia jurídica de ciertos credos religiosos. Es por consiguiente un Estado laico. Admitir otra interpretación sería incurrir en una contradicción lógica”. ¿Jurar a Dios para posesionarse como presidente sería entonces una contradicción lógica? ¿Esa contradicción anularía el acto? ¿Al hacerlo violaría la promesa que hace 3 palabras después?

—Pues obvio no —seguro me dirán mis emocionados compatriotas, amantes, como buenos colombianos, de las leguleyadas— porque cumple exactamente con el requisito constitucional.

Entonces tenemos es que preguntarnos por el requisito constitucional. El artículo 192 de la Constitución del 1991 indica expresamente, usando comillas para que no quede duda, las palabras exactas que debe decir el presidente para tomar posesión. Tiene notas aclaratorias sobre qué pasa si no hay Congreso o si no hay Corte Suprema (caso en el cual se puede hacer ante dos testigos: en caso de emergencia llamen a cualquier par de vecinos), pero en cambio no da opciones sobre qué pasa si un presidente quiere hacer un juramento coherente o si es ateo o si se creyó el cuento de que Colombia es un Estado laico; ¡ahí sí no!, las palabras tienen que ser esas y punto.

Y aquí es donde yo les preguntaría a las dos partes de mi doble asesoría hasta qué punto esto es un asunto de precisión, más que de explicitud. ¿Se debe jurar (de verdad) o decir las palabras «juro…»? Si la ley dijera, por ejemplo, que para tomar posesión se debe decir “Hokus Pokus” y hacer tres ochos con la cola, ¿al decir “Hokus Pokus” y hacer tres ochos con la cola quedaría posesionado un presidente? ¿Podría cambiarse la fórmula por “me declaro reina de Inglaterra” y al hacerlo se cumplirían los requisitos constitucionales y se completaría la acción (de convertirse en presidente de Colombia y no en reina de Inglaterra, obviamente)? Porque si esto es así hay que explicárselo a Francia en caso de que en algún momento tenga que posesionarse como presidente, porque es claro que ella entendió (y se lo hizo saber a todo el país) que un juramento es una cosa seria y que uno no puede andar diciendo, o no solo, palabras sin sentido.

Claramente alguien podría preguntase por qué mierdas la Constitución del 91, muy pluriétnica y multicultural ella, tiene un artículo 192 que según la Corte Constitucional genera una contradicción lógica. Créanme, yo me pregunté lo mismo. Pero después recordé un episodio que pasó de agache como una anécdota cualquiera, pero que en realidad debería enseñarse en la clase de Historia (si tal cosa existiera) en todos los colegios del país como un hito de nuestra historia reciente, porque nos permitiría entender muchas cosas que a veces no entendemos sobre las absurdeces de este país: el misterioso caso de un computador dañado.

Esto que les cuento es puro chisme, porque sobre lo que de verdad pasó no hay ninguna claridad. Pero uniendo pedazos de versiones uno más o menos se hace a la idea, y, sobre todo, entiende cómo, en el nacimiento mismo de la Constitución, terminamos admitiendo la incoherencia como principio constitucional.

Imagínense ustedes unos chinos de colegio tratando de explicar por qué la tarea quedó como armada a pedazos, le faltan partes, tiene partes repetidas y al final no se entiende nada: “Pero es que profe, el perro se comió mi parte de la tarea”, “es que se me fue la luz y no había grabado el archivo”, o mejor, una que superó el ámbito escolar y se instaló en la cotidianidad laboral: “ahhh, yo no sé, cuando yo subí el archivo estaba perfecto; ni idea de cómo se borró la mitad del trabajo”.  Empecemos por este último ejemplar, al que llamaremos “a mí no me miren, yo no tengo nada que ver”.

Del informe técnico publicado en la Gaceta Constitucional el 3 de julio de 1991 logra uno medio sacar en claro que el texto definitivo de la Constitución, que ya estaba corregido por el Caro y Cuervo y por la Comisión Codificadora[1] estaba guardado en un computador al que algo le pasó y ¡ups! a las 9:15 p.m. del miércoles 26 de junio de 1991, es decir, 8 días antes de ser firmada y promulgada, resultó que se habían perdido 192 artículos (la Constitución tiene 380) y todavía no había pasado a segundo debate en plenaria. De ahí en adelante no sabemos mucho más, el asistente de sistemas que firma la carta publicada en la Gaceta se limita a decir “el computador nunca tuvo ningún virus durante el tiempo que yo lo trabajé”, “puedo certificar […] a las 3:00 p.m. que fui relegado de mis funciones”, “La doctora […] se llevó el computador para el Hotel Tequendama” y así sigue y sigue. Listo, manos lavadas, con él no es la cosa.

De ese punto saltamos al sábado siguiente (5 días antes de promulgada) cuando, según la versión de Humberto de la Calle, a Rodrigo Lloreda se le ocurrió que había que conseguirse unas 30 secretarias con máquinas de escribir para que copiaran unas versiones que había antes de las correcciones, “los textos van a ser los originales no corregidos, pero se salva la Constitución” dice De la Calle que dijo Lloreda[2]. Todo esto porque en teoría la cosa era de afán.  

Dice Gustavo Zafra Roldán que no, que la cosa no es que no hubiera tiempo, sino “que lo que faltó fue un poco más de gerencia”[3], pero que los textos igual estaban escritos, entonces no se necesitaba tanto lo que estaba en el computador, porque igual había notas (quién sabe si las del estudiante pilo o el vago).

Esa es la parte que cuentan, y yo no es que desconfíe de nuestros honorables constituyentes, pero todos sabemos que de las cagadas nadie cuenta la versión completa. Y si esta es la versión edulcorada…

Yo trato de imaginarme la escena: la tarea hay que entregarla en 5 días y el archivo se perdió. Cualquier cosa puede pasar, seguro ese artículo 192 es un copy paste de quién sabe qué o un pedazo de un vallenato del que se acordó una de las secretarias mientras le dictaban de afán. No sabemos, ni sabremos, qué decía la versión de la Constitución que sí estaba corregida. Y bueno, si faltaban 5 días cuando empezaron a escribirla de nuevo y todavía no había pasado a segundo debate, calculen ustedes cómo debió haber quedado de bien leída. Todos aquellos que hayan tenido que entregar informes de alguna carajada de esos que tienen más de 100 páginas sabrán que hay un punto en el que alguien dice “dejé eso así, que igual esa vaina nunca nadie la va a leer”.

Se me ocurren otras opciones. Alguno de los pocos conservadores o de los dos pobres gatos que representaban al movimiento cristiano, viendo cómo la diversidad, la multiculturalidad, la celebración pluriétnica de semejante parranda de hippies destruía impunemente los principios de un país consagrado al Corazón de Jesús, aprovechó el desorden del computador dañado para meter el susodicho artículo mientras nadie se daba cuenta. Garantizaba así la imposibilidad de que Colombia algún día fuera gobernada por un hereje, porque digamos que a Petro se le pasa en parte la “contradicción lógica” porque al fin y al cabo tiene a dios en su corazón. Pero imaginen que llega a la presidencia una persona abiertamente atea, no lo permita la virgen del Carmen; hay dos opciones, o se rehúsa a jurar y entonces no puede ser presidente, o jura en vano, y ahí sí no hay abogado, filósofo ni ejército templario que pueda defenderlo de la turba enardecida.

O tal vez no. Tal vez fue un chiste. Algún gracioso lo incluyó en medio del caos pensando “vamos a ver cuánto se demoran en darse cuenta”. Seguro el domingo pasado estaría muerto de la risa, mientras yo, como la virgen, mis cabellos arrancaba en agonía.   

Siendo así las cosas, tal vez yo, en vez de estarme haciendo preguntas sobre si el juramento a dios invalida el juramento mismo y, entonces, técnicamente, Petro no es de a de veras presidente, más bien debería estar agradeciendo que no haya artículos con un Lorem Ipsum. Que, dadas las circunstancias, ya eso es ganancia.

Mejor dejemos así, y más bien otro día con un tintico (o una agüita de tilo) hablamos del “juráis” y el “os impone” que acompañan al dios de Roy. Quisiera oír esa explicación, porque la de que la culpa la tiene un computador dañado ya la utilizaron otros.    


[1] El tema de la Comisión es mucho más complejo, y de paso más interesante, pero el que se sabe bien ese chisme (y sus implicaciones) es Jorge Alvis. Entonces mejor vayan a leer Correctores y legisladores de la nación. Hacia un estudio glotopolítico de la “Comisión codificadora y de estilo” de la Constitución Política colombiana de 1991. Aquí les dejo: https://repositorio.utp.edu.co/items/7f8452c5-b839-44f4-93d5-be2f78ad0271

[2] Que alguien le diga a Planeta que se le agradecería un nuevo tiraje de Contra todas las apuestas: historia íntima de la constituyente de 1991, que seguro se aprende más leyendo los chismes de De la Calle que con la fallida cátedra constitucional.

[3] Zuluaga, Ricardo. (2008). De la expectativa al desconcierto. El proceso constituyente de 1991 visto por sus protagonistas. Pontificia Universidad Javeriana Cali.

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