Retterofobia, anortografofilia, voyerismo tuitérico y otras formas de masturbación ortográfica (parte II)

Pues bien, íbamos en que Twitter me permitió asistir a una bacanal ortográfica que despertó en mí, como en los demás asistentes, una sorprendente sed de sangre (¿será por eso que los errores se corrigen con bolígrafo rojo?), un deseo de ver arder a todos los herejes ortográficos del mundo hispano. Y que, al ver esa cantidad de trinches levantados y antorchas encendidas, naturalmente me había preguntado por la gasolina que alimenta semejante despropósito (o supremo bien, como quieran llamarlo).

No quiero que me tomen a mal: hice alusión a la desmesurada cantidad de errores que encontré en tan visceral conversación, pero no para criticar a quienes “se atreven” a levantar la primera piedra en medio del despliegue tuitérico de pecados ortográficos; este no es un caso de pajas ni de vigas en los ojos, no queremos (por ahora) ponerlos así de bíblicos. Mi objetivo era mostrar que, a diferencia de la grosera ortografía —clasista y excluyente—, el odio por las faltas ortográficas es enormemente democrático. No hay un “nosotros” (que escribimos bien) contra unos “ellos” (que escriben mal), hay más bien un “nosotros” que nos abrazamos a las haches como si de ello dependieran nuestras vidas, contra un Bello, una RAE y una “Academia Literaria y Científica de Profesores de Instrucción Primaria” que nos mirarían escandalizados desde el siglo XIX preguntándose “¿en serio?, ¿quieren de vuelta la tilde de fé?, ¿la “sc” en la mitad de unas palabras que nadie recuerda por qué la tienen?, ¿la valía de la siquiatría y la sicología reside en la “P”?”.

Esta es la historia de Poncio Pilatos (no nos duró mucho lo de alejarnos de la Biblia).

Vengo a hacer de abogada del diablo, en especial porque a veces me parece un poco injusto cuando se le carga a la pobre RAE la responsabilidad de llevar sobre sus hombros todo el peso de nuestras embarradas (históricas y culturales), no voy a decir que con eso de que “limpia, fija y da esplendor” no se le fue la mano, pero hay que valerle que en algún momento trató, pero perdió la batalla. Basta darle una mirada al culposo Prólogo de la edición de la Ortografía de la lengua española de 1999, que lejos de un elogio de la obra que introduce, parece una presentación de descargos que presenta atenuantes.

Para hacerles un resumen, dice la misma RAE que andaba ella en proceso de limpiar la ortografía (es decir, anticipando a Gabo en la tarea de acabar con las estorbosas “g” y “j” y haches y consonantes dobles sin sentido y demás) cuando su tarea fue interrumpida por una Real Orden de Isabel II que “vino a obstruir las vías de innovación y reforma por las que la Academia había ido avanzando paso a paso desde la primera edición” y así se fueron al traste los “deseos de Bello y [..] los avances de la llamada «ortografía chilena»” (de los que ya les conté un poco) y “la Academia fue la primera en lamentarlo”.  Y bueno, uno entiende que en 1844 recibieron una orden de la “Gerencia” que frenó las simplificaciones y los dejó maniatados. ¡Pero ha pasado más de siglo y medio! ¿Entonces?

Pues le pasó lo que les pasa a las grandes compañías cuando dejan de tener que responderle a “la Gerencia” y tienen que empezar a rendirles cuentas a los accionistas. Para terminar de lavarse las manos cita a Nebrija diciendo en su Gramática «en aquello que es como ley consentida por todos es cosa dura hacer novedad», que es su manera de decir “no somos nosotros, es la voluntad del pueblo”. ¿Me siguen con lo de Poncio Pilatos?

Y pues no se equivoca, la horda de tuiteros coléricos defendiendo con sus vidas el derecho a seguir despreciando al que diga “haya” en lugar de “halla” o “allá” es la prueba de que la ortografía española, tal y como está, es uno de los grandes patrimonios de la humanidad.

En algún punto de la exposición parecen darse cuenta de que no se ven tan bien ni diciendo “es que mi mamá no me dejó salir a jugar” ni tampoco admitiendo que ellos sencillamente se rigen por las normas del mercado y que a la gente hay que darle lo que quiere. Es entonces cuando tratan de ponerse “intelectuales” y empiezan a exponer una serie de argumentos bastante desafortunados sobre la “ortografía académica” y la “unidad hispánica” que prefiero omitir, porque es más el daño que el bien que se hacen y casi suenan como el alcalde de Buenos Aires diciendo que el lenguaje incluyente afecta el nivel de competencia en lectura crítica:

No me estoy quejando, no vengo a promover quién sabe qué clase de anarquismo desquiciado ni, mucho menos, un sistema coherente en el que por fin “el español se escriba como suena”. Todo bien, por mí dejen las “r” de mitad de palabra que suenan como /rr/, aunque hayamos gastado una buena parte de la primaria aprendiendo que cuando aparece una sola en medio de una palabra corresponde a una vibrante simple: creímos universales otras reglas que no lo son y no estamos llorando (si los Enriques se sienten discriminados que vayan a llorarle al mono de la pila).

Yo lo único que pido es que empecemos a llamar a las cosas por su nombre: en este caso, masturbación ortográfica. En especial, porque nos facilitaría la vida, porque no hay nada más lamentable que ver cómo patina la gente cuando quiere explicar por qué le importan estas, a menudo incoherentes y anacrónicas, normas. Sacan (sacamos) los mismos tres tramposos argumentos sobre los malentendidos que generan los errores: citamos el cambio de sentido de una coma mal puesta (y dele que dele con ejemplo del testamento y el destinatario de la herencia) o algún despistado perfecto que tiene cara de indicativo presente. Usar estos argumentos es sencillamente una ridiculez[1]: “dado que la tilde nos permite diferenciar ‘bailo’ de ‘bailó’, entonces tenemos que impedir a como dé lugar que lleguen al diccionario ‘targeta’ o ‘jelatina’”. Por favor óiganse, ¡claro que hay 2 o 3 normas que pueden tener sentido!, pero son solo 2 o 3. Y, para colmo de males, basta hacer un paseo por cualquier red social para comprobar que esas que tienen sentido son las que menos importan: un montón de diacríticos ignorados y comas ausentes que enredan todo y la gente tranquila, pero quien ose escribir “vien» o “ielo” despertará irremediablemente la ira de Aquiles.

De esas normas estúpidas nadie habla y cuando lo hacen… ¡Oh, por las barbas de Neptuno! ¡La de afirmaciones clasistas, gregarias y cargadas con ese tufillo espantoso de superioridad moral que empiezan a salir!

En medio de mi búsqueda desesperada de explicaciones que sonaran menos incoherentes o no tan políticamente incorrectas salieron en mi ayuda algunos amigos, a quienes les agradezco haber tenido las _________ (no puedo decir “pelotas” porque puedo meterme en problemas) de ser sinceros y darme pistas interesantes. Me dice uno que la ortografía puede definir, en parte, cuánto le gusta una mujer; otro va un poco más allá en su sinceridad y me escribe: “cuando una chica me escribe bien, como súper bien, me excita” (luego trata de matizar su comentario con un emoji como insinuando que lo decía en chiste, lo que solo reafirma que no pudo decirlo más en serio). Recogí otros ejemplos, pero seguro ya entendieron el punto. Qué felicidad sentí, ya entiendo, ¡es una herramienta de seducción! y por fin alguien me lo dice de frente: la buena ortografía es como un buen par de tetas (uso este ejemplo solo porque casualmente estoy citando palabras que salieron de la boca (los dedos) de hombres cisgénero heterosexuales, pero cada quien verá cuál es el arbitrario atributo culturalmente difundido que utiliza como criterio de búsqueda en las páginas de “entretenimiento para adultos”).

Es una lástima que los docentes escolares no estén moralmente autorizados para decirles esto a sus estudiantes, porque sin duda lograrían que les pusieran atención e incluso que aplicaran hasta la desatendida norma que exige escribir “a. m.” y “p. m.” con espacio. Las consultas en el DPD se multiplicarían de forma exponencial si admitieran sin miedo que su contenido poco difiere del de un catálogo de lencería (y sigo perpetuando el patriarcado, pero si ya nos pusimos a defender a Rosenblat diciendo «El triunfo de la ortografía académica es el triunfo del espíritu de unidad hispánica», pues hagámoslo con toda y saquemos de paso el Manual de Carreño y el Santoral, ¿por qué no?).  

Créanme, yo no estoy atacando a nadie, yo sigo ofendida por la pérdida de la tilde de “guión”. Pero, aunque esté ofendida, igual ya no se la pongo: unos se pavonean con su iPhone 13, otros chicaneamos que seguimos las actualizaciones normativas, así de simple. Me aferro a ellas como nos aferramos todos a las estrategias de seducción que percibimos exitosas.

Dejemos de decir bobadas y digamos de frente que sabernos las normas y usarlas nos place[3] y que comunicarnos por escrito con alguien que no lo hace apaga la libido: es un fetiche y ya está. Podríamos tener discusiones menos antisexies sobre los errores que nos molestan y empezar a tener conversaciones más eróticas: —¿Cuál es la norma que más les excita? —preguntaría algún tuitero. —mmmm, que separen el % con espacio 🍑; —que usen correctamente la mayúscula de Estado y Gobierno 🍆; —¡que sepan cuando es “que” y cuando “de que”! La conversación se iría poniendo más y más picante mientras se discute el uso correcto de cada una de las preposiciones: “de acuerdo con”, “el vaso de agua”…. “no confundir ‘mediodía’ con ‘medio día’”…

Y en ese momento, estando tan, pero tan cerca del momento cúspide, embargado por la emoción alguno se pasaría de raya y citaría de manera no consensuada a la RAE diciendo: “Lo indicado es escribir ja, ja, ja [porque] todos los elementos son tónicos”. Se haría un silencio sepulcral. Alguien soltaría el celular de sus manos con un gesto de desagrado para no ver la pantalla y pensaría: “¡Uy no!, muy kinky para mi gusto”.


Nota al margen:

Tengo claro que en esta irascible e intrascendente miscelánea de obscenidades sobre nuestra adolescente fascinación por el prescindible uso de la “sc” he dejado de lado la retterofobia y la anortografofilia y empieza a parecer que tengo delirio de Sherezade. Llegaré allá en la tercera, y espero última, parte de esta entrada.


[1] O un secundum quid, dicto simpliciter, falacia de accidente o como lo quieran llamar: “la misma loca, pero peina´a” dirían en Barranquilla.   

[2] Idea de negocio: una casa de cita con salones temáticos. Podría haber uno en el que solo se admitieran quienes usen la conjugación arcaica de la tercera persona del verbo placer.

2 comentarios sobre “Retterofobia, anortografofilia, voyerismo tuitérico y otras formas de masturbación ortográfica (parte II)

Responder a OAPM9999 Cancelar la respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: