Tapando el fuego con eufemismos

Hay una canción del salsero Willy Colón que dice: “las palabras son del aire, y van al aire”, muy similar al refrán  “las palabras se las lleva el viento”; sin embargo, en diferentes campos se ha comprobado que contrario a dichos enunciados,  la frase popular de “las palabras tienen poder” goza de mucha validez, aunque no necesariamente sea en el sentido que se suele expresar.   Sino, no más hay que mirar que existe un término relativamente nuevo llamado glotopolítica, que viene de “glôtta”, que significa “lengua” y “política” que según Aristóteles, es la más perfecta relación de poder. A su vez, la palabra constituye la unidad mínima de la LENGUA, lo que mostraría que las palabras, creadas por las personas y utilizadas en la vida cotidiana, tienen un poder inconmensurable.  

Ahora bien, tenemos un gran conjunto de palabras que hacen parte de nuestro repertorio lingüístico y que hacemos uso de ellas teniendo en cuenta el contexto y lo que queremos transmitir, porque por mucho que sean sinónimos o haya algún pequeño cambio en su forma, nunca transmiten exactamente lo mismo, así sea, aparentemente, casi imperceptible. Dentro de esas palabras, usamos aquellas llamadas “eufemismos” para, normalmente, sonar menos ofensivos, ponerle un poco de romanticismo a los eventos profundamente tristes y mitigar su impacto. Los utilizamos en los diferentes registros, desde el coloquial con expresiones populares, hasta llegar a los términos decorosos de los registros formales. ¿Pero qué pasa cuando el eufemismo no cumple con su objetivo, y por el contrario, se convierte en leña que alimenta el fuego o motivo de indignación?

Se dice que Colombia es un país de eufemismos, tal vez por la aparente amabilidad que nos caracteriza o por esos rodeos que solemos dar, o quizá sea  característico únicamente de los hispanohablantes, lengua que de por sí se presta para adornar las ideas. Para muestra de un botón, en la cotidianidad somos muy buenos para usar metáforas y para hablar con diminutivos, hasta para decir el color de piel de una persona, que, de lo contrario, para muchos aún representa una ofensa si no le agregan el sufijo -ito/ -ita, casualmente se siente más ofendido el que lo dice que la persona a quien hace referencia.   Y es que somos un país lleno de tabús, conservadores de labios para afuera, pero en la práctica “pecamos” igual que otras sociedades, aunque busquemos tapar el sol con eufemismos.

Uno de esos tabús es precisamente el de una guerra en la que hemos estado sumergidos por décadas y que muestra nuestro lado violento, así prefiramos llamarla ante el mundo conflicto armado, suena menos fuerte, mejor armada (la expresión) y más solucionable, ¿no?. Esos eufemismos en torno a este tema son utilizados comúnmente por quienes manejan un discurso formal, como los medios de comunicación, persuasivos a través del juego que realizan tanto con las imágenes como con las palabras; por algo fueron bien llamados el  “cuarto poder”. También  lo hace el presidente de turno y sus acompañantes al realizar anuncios ante los ciudadanos, porque vaya uno a saber cómo hablan entre ellos de estos temas.  Precisamente fue el discurso del presidente Ivan Duque y su bancada  lo que avivó lo polémico de los eufemismos  sobre esta violencia que pareciera que no tuviera fin,  cuando ante un hecho sangriento prefirió llamarlo “homicidios colectivos”, en lugar  de utilizar el reconocido y sentido  por la población: «masacres”. Tan solo una expresión formada por dos palabras tocó a toda una población, entre ellas a las familias de las víctimas, porque esas palabras no se las llevó el viento ni quedaron esparcidas en el aire sino que removieron por dentro, indignaron, ya que con ello, los emisores trataron de restarle importancia a la gravedad de los hechos y por ende dio la impresión de que hay una baja posibilidad de que se haga justicia pronto.

 Como ése, hay muchos eufemismos en torno a este tema como “daño colateral”, “retención”, entre otros; pero tal vez el irónicamente más fuerte ha sido el de “falsos positivos”, ¿qué tiene de falso cuando es una herida abierta que llevan más de 6.000 familias, y qué tiene de positivo un crimen cometido por parte del Estado hacia personas de los estratos más bajos que fueron engañadas para luego ser desaparecidas tres veces?

Retomando lo dicho al principio, los eufemismos son utilizados también como parte del registro formal utilizado por el gobierno, la prensa y las instituciones; pero en el marco de la guerra en Colombia o conflicto armado interno, ¿tal decoro mitigará el dolor de las víctimas o por el contrario les generará más dolor, o simplemente poco les importará cómo les llamen ya que “los hechos valen más que mil palabras”? ¿Se les ha preguntado acerca de eso? Y si es así, ¿se les ha tomado en cuenta sus palabras? Me permito responder a estas preguntas de la siguiente manera:

Por un lado, el inicio de una reparación integral a las víctimas es el conocimiento absoluto y reconocimiento de la verdad, tan buscada por ellos y tan difícil de encontrar. Un ejemplo claro de su gran importancia en la búsqueda de la verdad fue el clamor de las víctimas para que los jefes paramilitares no fueran extraditados sin confesar, ¿de qué servía que pagaran años en una celda lejos de aquí si aún no revelaban todo? Por otro lado, el lenguaje utilizado por el gobierno  en sus discursos refleja el abandono en el que ha tenido a una población altamente  vulnerada  por una violencia vivida en Colombia por años, la que no tiene voz, ya que sus padecimientos  han sido silenciados con palabras de menor impacto, menos escandalizadoras, algunas veces creadas o escogidas por los victimarios y provenientes de registros formales que generan indignación entre los afectados, puesto que de alguna manera muestra la poca voluntad por parte del Estado de hacer una resolución de esos conflictos y que busca, además, que la memoria colectiva sea moldeada, haciendo ver hechos tan atroces como poco graves; una estrategia ya utilizada por otros gobiernos colombianos y de otros países. Lo peor es que, como escuché en una charla, las víctimas no tienen derecho al disenso, puesto que pertenecen a la clase oprimida de este país: desempleados, campesinos, estudiantes, obreros, comunidades indígenas y afrocolombianas… no son ellas las que hacen parte de la población “culta y pudiente”, los que tienen el poder.

7 comentarios sobre “Tapando el fuego con eufemismos

  1. La temática es interesante, lo mismo que la mirada que de ella se ofrece. No obstante, hay que precisar que el eufemismo en sí no es bueno, regular ni malo. Esto último dependerá de la intencionalidad de quien lo emplea. ¿Se puede censurar acaso al docente que emplea un eufemismo para referirse al trabajo de un estudiante que no alcanza los logros previstos y que desea motivarlo a que lo mejore? Diferente el caso expuesto en este texto, en el que se plantea el eufemismo como una forma de enmascarar la realidad socioeconómica y política; este uso es más que discutible.
    Además de las consideraciones anteriores, con todo respeto, deseo referirme a la calidad de la escritura del texto. Hay un gran potencial en quien lo escribe; pero hay ciertos aspectos que no debe descuidar. En algunos casos, pocos por fortuna, la puntuación es inadecuada. En otros, hay falta de precisión y la argumentación se ve amañada. Por ejemplo, si se descontextualiza los versos de Becquer que Willy Colón musicalizó, se llega sin problema a la conclusión propuesta; pero la maniobra es cuestionable desde el punto de vista argumentativo. Lo mismo cuando se descompone la expresión falsos positivos en dos términos, para explicar su carácter eufemístico, cuando en realidad es una expresión fija. Aclaro, no discuto su carácter eufemístico sino la explicación que se hace de la expresión. Por último, percibí, al final del escrito, que el hilo argumentativo se debilitó y el foco de los eufemismos se movió al ámbito de las víctimas de la guerra o la violencia en Colombia. La relación existe, no cabe duda, pero faltaron elementos de cohesión que la explicitaran de forma más clara.

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  2. «Tapando el fuego con eufemismos», lo siento como una fotografía de la situación de nuestro país. Refresca la memoria sobre una historia que se construye con dolor. Llama la atención sobre aquellos gobiernos solapados que con una descarada manipulación del lenguaje han pretendido soslayar acciones abusivas valiéndose de eufemismos, con una inquietante frecuencia.
    El texto nos recuerda ésta realidad , nuestra realidad, desgarradora, en la que el abuso, en el uso de las palabras por parte del gobierno, es desmesurado. «Tapando el fuego con eufemismos» es prueba de cómo aquellos que abusan del lenguaje ya van perdiendo, en su discurso, el poder de las palabras ¿paradoja por exceso de eufemismos? Un pueblo que ya no soporta más tapujos.
    El texto desvela el poder de las palabras manipulado. Poder sobre el cual sería bien interesante profundizar. Profundizar en el contexto de ese uso de eufemismos y del eufemismo mismo, utilizado. A veces pareciera que los eufemismos a los que se hace recurso fuesen peor que la palabra que se pretende mitigar ¿o debería decir el hecho que se pretende atenuar? pero ¿cómo atenuar el horror?.

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  3. Es diverso el ámbito en el que es posible observar y generar ya sea por arbitrariedad o convencion los eufemismos. Ampliamente conocido es que desde la familia se comienza a gestar su uso; desde ahí a la escuela y su prolongación en las otras diversas esferas sociales tal cual es evidenciado politicamente.
    La intencionalidad comunicativa tambien juega su papel determinante en el uso y contexto que se le da al lenguaje en este aspecto.
    Resulta este un tema abundante, permanente y complejo para seguir tratando.

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  4. La definición de eufemismo por parte de la RAE es manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. Estoy muy de acuerdo con tu posición de que en el ámbito colombiano en particular, se le da otro uso alterno y es por un lado, el de invisibilizar a las victimas del estado y por otro, minimizar las faltas de los altos círculos sociales, como en el caso de llamar al narcotráfico “tragedia familiar”.

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  5. De acuerdo, es cierto lo de el uso típico
    de eufemismos propio de la política colombiana, que para peor, me parece un sesgo cultural propio de las élites colombianas desde el siglo XIX, sobre todo las que residían en la Sabana de Bogotá, dedicadas a «purificar» las virtudes de un idioma bello, mientras el país se acercaba a la crisis económica, la desmembración territorial al perder Panamá y el preludio de la guerra de los mil días; no olvidar a don José Manuel Marroquín y otros conservadores ideológicos. Mi crítica es hacía un exceso estético, no del todo negativo en términos de la comunicación, pero si innecesario en un país que de guerra en guerra sobrevive, mientras sus élites han permanecido insensibles con lo que sufren los sectores subalternos de la sociedad, cómo que no se han preguntado por la realidad de los «otros»; talvez aquél personaje mientras escribía en su bella hacienda sabanera, campesinos morían sirviendo a ejércitos liderados por caudillos sedientos de poder, o familias enteras en las ciudades vivían la miseria, cómo la llamo para la época un liberal también de la élite don Miguel Samper, sin que expresará interés por la lamentable situación del pueblo que lideraba como presidente de la joven república de Colombia.
    A propósito, sería adecuado que para evitar lo nefasto de los eufemismos, el ocultamiento de realidades, la escritora aclarara con mejores datos e información, el asunto de las relaciones entre el paramilitarismo y el Estado colombiano, es importante desenmascarar ésa tendencia de «tapar» involuntariamente todo, al modo tradicional de las lisonjas de la élite histórica (pues casualmente es la misma si seguimos su árbol genealógico), en lenguaje intelectualmente aceptado cubrimos lo escabroso de la realidad colombiana inmersa en una guerra ya estructural; cómo dice la autora a la guerra la hemos llamado de formas rimbombantes sin reconocer la tragedia de un país cuya historia republicana, siguiendo con la tradición de crear imágenes podríamos representar : «se tiñe de rojo».

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  6. El texto me lleva a la frase celebre de Luwdwig Wittgenstein «Los limites de nuestro lenguaje expresan los limites de nuestro mundo». En ese sentido, las elites que dirigen a Colombia poco les importa lo que esta fuera de su mundo, simplemente con «eufemismos» creen que van a borrar la violencia o la profunda inequidad que nos abruma desde hace décadas.

    Desde sus inicios, para cada conflicto en esta república se resuelve con crear una ley, pero encontramos que tenemos una constitución muy bella, pero que muchas veces se cumple solo en el papel. Lo que permite señalar, que más que nuevas leyes, necesitamos es una transformación cultural, acciones colectivas e individuales para poder convivir.

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  7. Me parece muy atinada la reflexión, pues incluso la palabra víctima está cargada de un significado que remite a la pasividad y no haría alusión a la resistencia y lucha por el reconocimiento. Es necesario seguir pensando los discursos que llegan a la opinión pública y que se configuran en la historia cómo los discursos verdaderos. Este texto permite mostrarnos que mediante eufemismos se invisibiliza o se niega una realidad a la que es necesario hacerle frente para evitar la repetición de hechos atroces en Colombia. Me parece que se puede continuar ahondando en el tema.

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