Empanadas o de cómo refritar materiales de inglés (o cualquier lengua hegemónica) y hacerse a un botín

Por: Andrés Felipe Micán-Castiblanco – micanfelipe@gmail.com

Es probable que todos, alguna vez, hayamos comido empanadas de $500, $1500 y hasta más. Nuestra experiencia con este plato de la gastronomía colombiana, existente también en otras geografías, ha pasado por aquellas que son de champiñón y pollo, de queso y hasta de camarones… ¿Cuál es su preferida? Entre muchas propiedades, probablemente nos fijamos en la crocancia de la empanada, en qué tan grasosa es y sí de repente el aceite en el que la fritaron es “fresco” o no. Aunque no soy experto en la cocina, tengo experiencia como consumidor de empanadas y sé diferenciar una empanada refrita-recalentada, o incluso congelada, de una que no lo es: el olor, el sabor, la textura y hasta los trazos en la servilleta lo revelan. En cualquier caso, si notamos que un vendedor frita y refrita sus empanadas, dejaremos de comprarle. Si esto ocurre, es probable que su negocio pierda ingresos y sea menester repensar sus técnicas de cocción. Ahora bien, ¿qué ocurre con ciertas editoriales que comercializan materiales de enseñanza de inglés, textbooks or ebooks, que, más bien, parecen empanadas refritas?

Las casas productoras-vendedoras de libros, licencias o series tipo beginner, intermediate, upper intermediate, A1, A2, B1… y, en particular, aquellas que comercializan materiales para “aprender” inglés, desarrollan un producto (una empanada); lo anuncian, lo exhiben, lo colocan a disposición de algunos comensales y esperan que los unos y los otros se acerquen a él, lo “deleiten” y elogien en eventos académicos o congresos sponsored by premium and preferencial partners. Esto no parecería extraño ya que es la lógica del consumo y venta de cualquier tipo de producto, incluida la academia. No obstante, profundizando en el interrogante anterior, les invito a degustar un combo empanadero interrogador; siéntanse cómodos de aderezarlo con ají, con sus experiencias, con limón, con sus propios procesos de aprendizaje, con mostaneza, con sus propias prácticas de enseñanza…

 ¿Qué ocurre cuando dicha empanada permanece estática, se frita reiteradamente y aun así sigue vendiéndose como novedad con un costo que, en lugar de reducirse por su obsolescencia, incrementa su precio anualmente dadas las dinámicas del aumento de los precios y los impuestos de exportación? O, más bien ¿Nos sabe igual una empanada fresquita, jugosa, “recién salida”, a una que lleva suspendida en el aceite por días, meses y décadas?… Tal vez no. ¿Qué nos dice esta práctica del refrito sobre la lengua objeto de enseñanza? ¿Qué ocurre con las series de empanadas que se conservan bajo 0°C o que deben consumirse lo más pronto posible después de abiertas? ¿En qué medida esto resuena en las secuencias de libros de texto que deben devorarse intensiva o semi-intensivamente o en las lógicas de un «marco bien común» que avanza del A1 al D1 (la tienda colombiana)? ¿Qué ocurre con los hablantes y aprendices de una lengua meta que catan la misma empanada, o variedad lingüística, porque el sistema lo impone o porque es más fácil regular los usos de hablantes desde el supuesto de la estandarización? ¿Cuál es el lugar de lo “auténtico” y autóctono, de las variedades lingüísticas y de la lengua como manifestación en permanente transformación o, en otras palabras, de la empanadita de la esquina, la del carrito, la caserita? ¿Cómo superar las visiones unifocales del mundo y la repetición de la repetidera tanto en secuencia como en contenido de elementos de todos los planos lingüísticos?

En Colombia, la comprensión sobre el bilingüismo asumida por algunos sectores, en particular los encargados de imponer planes, estándares, lineamientos, derechos básicos sobre aquello que se aprende y enseña, ha sido estrecha y excluyente. Aunque la Constitución Política de Colombia de 1991 reclame la existencia de un país plurilingüe y multicultural y la Ley de Lenguas Nativas, o 1381 de 2010, dicte “normas sobre reconocimiento, fomento, protección, uso, preservación y fortalecimiento de las lenguas de los grupos étnicos de Colombia y sobre sus derechos lingüísticos y los de sus hablantes”, nos hemos visto abocados a una implementación obediente de las imposiciones del norte global desde la cual se privilegia el bilingüismo restringido al inglés como lengua extranjera de amplia difusión-mercantilización en las instituciones educativas (jardines, escuelas, centros de formación técnica y tecnológica, universidades, etc.) y lugares de trabajo, en detrimento de las lenguas nativas y de los repertorios multilingües de muchos hablantes. A dicha visión limitada al inglés, alineada con las dinámicas de la internacionalización, la globalización y la glotofagia, le subyace la falta de reconocimiento de sus hablantes como sujetos de derechos y de la diversidad lingüística que, en el caso colombiano, está en riesgo. Es como si, un mal día, el Señor de las Empanadas hubiese dicho que todos tenemos que comer las de carne siendo vegetarianos.

En este panorama complejo para las realidades locales-regionales-nacionales-transnacionales, empresas han encontrado un escenario propicio para poner en circulación productos destinados a la enseñanza del inglés que devienen rentables. Son un buen negocio porque hay una demanda creciente, una necesidad impuesta y un interés por parte de la población, ya sea por motivaciones intrínsecas o extrínsecas, de hacerse al “dominio” de una lengua adicional y, en particular, de aquella que se ha instituido como lengua franca. Así, muchos individuos podrían verse seducidos por el acceso a libros de texto, cursos, aplicaciones, plataformas, etc. Ahora bien, aunque la oferta parezca apetitosa, puede dislocarse mediante la interrogación de su brillo ilusorio y la subversión del aparente impulso de novedad o de representar the state-of-the-art. Tal vez, solo nos ilusionamos creyendo que, a través del consumo de la empanada industrializada, descubrimos la sazón de la empanada amasada cuidadosamente.

Una posible entrada de análisis nace de la premisa de que los libros de texto o materiales convencionales para la enseñanza de una lengua, sean plataformas o recursos digitalizados, se crean una sola vez desde consideraciones pedagógicas, psicológicas y lingüísticas que posteriormente se estatizan. Unos personajes inventados para una serie se fijan en el tiempo y en los dispositivos; un ejercicio gramatical se modela y queda anclado en las páginas; un audio o lectura, con sus respectivas preguntas, es diseñado y atrapado entre los clics o las hojas. Por extensión, es posible asumir que desde la creación emerge la obsolescencia del objeto porque, aunque a veces no sea evidente, las lenguas naturales se están transformando permanentemente y los hablantes hacemos, todo el tiempo, nuevas cosas con las palabras. Así, como aprendices y/o profesores, no accedemos a los usos actuales ni vigentes, sino a formas inertes que son equivalentes a las empanadas industrializadas.

Adicionalmente, el uso excesivo e irracional de estos materiales puede ocasionar que los hablantes y aprendices “suenen como libro” o “como grabadora de los 80” o, inclusive, que el ejercicio de la profesión docente que implica criticidad, creatividad y rigurosidad sea minimizado. Por supuesto, sonar como libro no está ni bien ni mal, solo que los repertorios lingüísticos quedan descontextualizados, desprovistos del carácter sociocultural y de los efectos pragmáticos de acceder a una lengua viva a la que, entre otras, suele acceder la población más privilegiada que cuenta con bachilleratos internacionales, con inmersiones, con excursiones, con campamentos y con el poder adquisitivo para pagar un tiquete y degustar sabores internacionales para valorar los platos nacionales. Usar-habitar una lengua no significa repetir frases consabidas, sino una posibilidad para descubrir numerosos modos de existir y de comprender el mundo.

A su vez, vale la pena recordar que estos materiales tienden a ser restrictivos en cuanto a los temas que proponen y a la posibilidad de interrogar los saberes, las prácticas y las conductas más hegemónicas. Por el contrario, se elaboran, en muchos casos, desde la facilidad del pensamiento estereotípico sobre “el otro” y “lo otro”. De este modo, es casi imposible encontrar temáticas que promuevan la deliberación, las posturas críticas y la comprensión profunda de la realidad ya que tales productos se encargan de promover ciertas ideologías y formas homogeneizantes de entender el mundo. Aunque no tengo certeza de su existencia, nos enfrentamos al consumo de empanadas light.

    Siguiendo estas líneas, lo auténtico es totalmente desplazado por suertes de interacciones modeladas en las que Steve juega el rol de A y Kate el de B; en las que la llamada progresión gramatical y la organización en unidades desconoce que, en realidad, hablamos en presente, pasado y futuro a la vez, y no solo con gerunds and infinitives; en las que solo debemos referenciar lo exótico de los carnavales o de las tradiciones para no generar controversia con temas como la violencia, la discriminación, el racismo, el sexismo, etc. En últimas, pareciera que nos enfrentamos a un libro el cual, en lugar de ser objeto abierto, es un bien muerto y una empanada que ha sido preservada como plato de exhibición en cualquier mostrador, hasta perder todas sus propiedades. Seguramente existirá en el mercado uno que otro producto destacado, saludable, nutritivo y hasta bajo en grasa; ahora bien, esto será objeto de discusión en otra oportunidad. ¿A qué les saben sus textbooks?

También, podemos preguntarnos qué ocurre con el enfrascamiento de los usos y cuáles usos son enfrascados. Probablemente, estos libros, así como las gramáticas, los medios de comunicación dominantes y las instituciones educativas formales, se encargan de limpiar, fijar y dar esplendor, como diría alguna academia. Tal práctica, además de ser lamentable, es entristecedora porque castra, entre otras, la recursividad y la creatividad lingüística de los hablantes; así como la potencia pedagógica y el quehacer de quienes enseñamos. Si el material o el libro nos dice qué hacer paso a paso, desde el “hello” hasta el “that’s all folks” ¿Dónde queda nuestra agencia? ¿Dónde queda la creatividad culinaria y la posibilidad de arriesgarse en la preparación? ¿Dónde queda nuestra profesión?

Mientras esto ocurre, las casas productoras-vendedoras se usufructúan facturando millones por la venta y reventa de un material que poco o nada se actualiza o cuyas variaciones son ligeras o simples enmascaramientos en nuevos colores, imágenes y diseños. A diferencia de quién vende empanadas, el botín de las primeras está siempre jugoso. Es nuestro deber, como profesores, hablantes, aprendices, ciudadanos… cuestionar la circulación de estos materiales y su uso cotidiano. Con seguridad habrá lugar para crear nuevos y mejores sabores, para abrirse a la variedad y el frescor de las empanadas, y para asumir que las recetas siempre pueden ser aceptadas o rechazadas. Si cada una/o en su contexto explora posibilidades y se arriesga a desarrollar sus propios materiales, tal vez, empezaremos a transformar esta realidad. Afortunadamente, tenemos mucho por hacer.

Publicado por felipemican

Educador y lingüista. Lic. en español y lenguas extranjeras (inglés y francés). Máster en neuropsicología y educación. Magister en enseñanza de lenguas extranjeras. Contacto: micanfelipe@gmail.com

6 comentarios sobre “Empanadas o de cómo refritar materiales de inglés (o cualquier lengua hegemónica) y hacerse a un botín

  1. En mi experiencia como docente de inglés , he tenido la oportunidad de reflexionar sobre la importancia de los textos de inglés en el proceso de aprendizaje de la segunda lengua y he podido comprobar que en muchos casos los textos no cumplen ni con láser necesidades de los estudiantes ni con las expectativas del docente que debe buscar la forma de que la clase de inglés sea dinámica, y sobretodo venderles la idea de la importancia del inglés en la sociedad entonces el libro debería ser una herramienta que complemente esa labor para que los estudiantes no se aburran o /y ,no sientan apatía a contenidos inusuales y fuera de contexto

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  2. Este es un artículo maravilloso, Felipe. Gracias por compartir esa reflexión tan valiosa para la actualidad

    Comparar el mercantilismo de la enseñanza de lenguas con el de las empanadas, le da un toque cómico pero familiar. En definitiva hay mucho por hacer en el campo de la creación e implementación de materiales para la enseñanza de lenguas.

    Seguramente compartiré este artículo con mis estudiantes, iniciar por la reflexión es uno de los caminos más acertados para emprender la acción. Entre todos podemos.

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  3. Excelente artículo, Felipe.

    Definitivamente las políticas impuestas desconocen el valor de nuestras lenguas nativas y pretenden estandarizar los procesos de enseñanza y aprendizaje de las lenguas extranjeras, particularmente del inglés.

    El mayor inconveniente, pienso, se debe a intereses particulares de ciertas potencias que desean ver dichos procesos estandarizados y de aquellos institutos que proclaman tener métodos novedosos cuando solo tienen empanadas refritas.

    Como dices, aún tenemos mucho por hacer.

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  4. Me gustó mucho este post. La imagen que pones al principio es súper llamativa y cuando leí el título dije ¿qué? ¿pero de qué se trata esto? Las primeras cinco líneas me engancharon en la lectura y como profe que soy, con seguridad es un texto que le pondría a leer a mis estudiantes y también a lxs colegas. Está muy bien lograda la crítica que haces junto con la metáfora elegida. Ahora me pregunto ¿has construido tus propios materiales para la enseñanza del inglés? ¿Con cuáles materiales educativos contamos para la enseñanza de lenguas indígenas? Sin duda, un tema para seguir profundizando.

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  5. Me parece muy valioso que se hagan este tipo de reflexiones dado que la metáfora que haces con las empanadas sucede en varios aspectos de la enseñanza del inglés. Como docentes también podemos ofrecer estas empanadas refritas a nuestros estudiantes que ven el aprendizaje de dicha lengua como un acto repetitivo que carece de sentido al ser poco innovador y que no se relaciona con sus vidas. Tal y como lo dices, las editoriales ofrecen contenidos de hace 50 años, el inglés se limita a seguir instrucciones y repetir frases que no significan nada al estudiante. Me surgen algunas preguntas sobre nuestra labor como docentes ¿Cómo combatir esos discursos repetitivos en los estudiantes que se han formado en los estudiantes?¿Cómo se buscan estrategias pedagógicas que permitan tener un aprendizaje inclusivo y que permita al aprendiz degustar más tipos de empanadas en un país desigual que se basa en el uso de guías? Gracias por este artículo.

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  6. Que importante artículo que permite a las instituciones y directivos que creen que las editoriales son la «Panacea» en la enseñanza de las lenguas extranjeras ver desde otra óptica lo que realmente son: un negocio.

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