Sobre asuntos de género y lenguaje

Hace unos años fui a comer algo con unos amigos en una especie de “food truck” (camión de comida) durante una fiesta en una discoteca de Bogotá. Yo fui la primera en pedir y, dado que nadie más estaba comiendo, me senté en la única silla que había. Una vez terminé, llegó un amigo y pidió su comida. Al ver que él estaba comiendo y yo no, decidí cederle el puesto, algo que para mí era lógico, pues él lo necesitaba más que yo. Así que le dije: “siéntate, Jaime”, a lo que otro amigo que estaba presente añadió: “sí, siéntate, amigA” (dirigiéndose a Jaime).

El comentario de este segundo amigo se impregnó en mi cerebro y, desde entonces, no he podido parar de cuestionarme sobre lo difícil que es para una sociedad históricamente machista como Colombia repensar cuestiones de género a nivel semántico y pragmático. A esto se le suman comentarios como “bueno, compórtense que llegó una dama” (les dice mi papá a sus amigos en una reunión virtual) o “¿ningún caballero va a ayudar a Lorna?” (les dice la presentadora de Master chef, el reality, a los participantes porque una mujer decidió asumir la “amenaza” del equipo).

Mi incomodidad con la lengua española a nivel de género no está en las letras. Respeto y valoro a los precursores del lenguaje inclusivo por dar la lucha a este nivel y generar una incomodidad necesaria en nuestra sociedad a partir de las vocales. Sin embargo, debo admitir que me preocupa que nos quedemos aquí y no lleguemos a cuestionar las formas de machismo presentes en niveles más macro como lo son la semántica (el significado que damos a las palabras) y la pragmática (la forma en que las usamos).

En este punto convergen en mí diferentes asuntos con los que ni yo misma logro ponerme de acuerdo. Por un lado, si bien no me considero una lingüista prescriptivista, sí creo que cambiar la morfología de la lengua es poco práctico y hay tantas formas nuevas de usar los morfemas de género que siento que nos estamos metiendo en un terreno que de alguna manera reduce asuntos muy complejos a un par de letras. Por otro lado, y como mencionaba arriba, agradezco y respeto a las personas que dan la lucha en este nivel pues, si gracias al cambio de ese par de letras se logra generar incomodidad, reflexión y, por qué no, indignación, ya se está logrando mucho.

De igual forma, me surgen las siguientes dudas: ¿será que el hecho de que yo salude diciendo “buenas tardes a todOs” lleva a mis interlocutores a pensar que soy una promotora del patriarcado y de una visión prescriptiva del lenguaje?, ¿será que debo incorporar el todos y todas, todes o todx para realmente hacer parte de la lucha de género? Qué difícil es dar respuesta a estas preguntas, qué pantanosos se convierten los terrenos en los que no todo es blanco o negro.

A los dilemas anteriores se suman cuestiones de las lenguas en sí mismas. En una de mis clases de Glotopolítica hablábamos de lenguas en las que la gramática o el léxico varían según el género de la persona que las usa, momento en el que empecé a pensar: ¿se podría hablar de lenguaje inclusivo en lenguas con sistemas así? y en caso de que sí, ¿cómo funcionaría? A esta pregunta, uno de mis compañeros sugirió que se podrían agregar fonemas de otras lenguas para crear una especie de neutralidad. Sin embargo, alguien más añadió que lo que se tendría que hacer es indagar con la comunidad misma si se quiere incorporar este tipo de cambios en el sistema.

Ambas posturas son interesantes y de alguna manera me recordaron el debate que se generó en Francia hace unos años por el uso de la burka por parte de mujeres musulmanas. Hay quienes consideran que dicha prenda constituye una forma de discriminación y sometimiento hacia la mujer, mientras que otros la perciben como un elemento cultural. Sin embargo, pocos se han tomado el tiempo de hablar con dichas mujeres para saber ellas cómo se sienten y cómo perciben dicho accesorio. Me atrevería a asegurar que sus respuestas serían variadas, como lo serían las respuestas de las mujeres a las que nos preguntaran si nos sentimos excluidas por que alguien diga todos cuando nosotras estemos dentro del grupo.

La postura del gobierno francés respecto a la burka es parecida a la que describía Philippe Blanchet en su texto sobre glotofobia: se trata de una política asimilasionista del pensamiento colonial en la que la sociedad francesa se considera el modelo a seguir, aquella que sabe qué es lo mejor para los demás, en este caso, qué es lo mejor para las mujeres y cómo estas pueden ser verdaderamente libres. A este modelo le cuesta creer que una mujer exprese que la burka es parte de su identidad y que el prohibir su uso atenta contra su libertad, lo que resulta paradójico pues, si lo que se busca es la libertad, ¿por qué prohibir?

Con el ejemplo anterior podemos ver las múltiples formas que puede tomar la lucha de género y lo difícil que es asumir una posición drástica pues, en ocasiones, a la hora de buscar formas de crear una sociedad más equitativa, justa y de iguales oportunidades para todos, podemos llegar a intentar representar o salvar al otro, hablando por él en vez de darle su propia voz y lograr escucharla sin el filtro de nuestras propias creencias.

Por lo anterior, me gustaría resaltar el comentario de uno de mis compañeros del curso en el que se mencionaba la importancia de la intencionalidad entendida como la capacidad para hacerse entender pero, al mismo tiempo, como la disposición para escuchar al otro de verdad. Aquí empiezo a entender a qué se refiere la intercomprensión que, al igual que la interculturalidad, busca que lleguemos a una profunda comprensión de nosotros mismos para entender el por qué de nuestra visión de mundo y así poder conocer y comprender al otro, sin imposiciones ni sesgos, sino con comprensiones mutuas y apertura a lo que se sale de nuestras percepciones tradicionales.

Por otro lado, quiero dejar una anécdota más en relación con los asuntos de género y lenguaje. Hace unos días me conecté a un Instragram live en el que una colega dialogaba sobre feminismo con algunos de sus amigos. Dentro de los muchos temas que trataron, hablaron del diminutivo, aspecto sobre el que mi colega fue muy precisa en indicar su molestia cuando alguien la llamaba “Sandrita” pues, según ella, esta estructura subalternizaba y ponía a la mujer en un lugar de inferioridad e indefensión. Por esta razón, el diminutivo debía ser abolido y a una mujer nunca se le debía hablar incorporando dicha estructura, pues era muy molesto.

Debo confesar que, al escuchar la exposición anterior, entré un poco en crisis pues yo no tengo ningún problema con que me digan “Claudita”. De hecho, en la facultad en la que trabajo soy una de las más jóvenes, razón por la que la mayoría de mis compañeros emplea el diminutivo para referirse a mí y sé que lo hacen con cariño, así que jamás me he sentido “subalternizada” ni discriminada por dicha estructura. Ahora bien, si durante una discusión algún compañero dijera algo como “es que esta niñita no sabe nada”, la cosa sería muy distinta y el diminutivo se convertiría en esa odiada estructura que pone al otro en situación de inferioridad.

El ejemplo anterior me sirve para volver a mi argumento inicial: el problema no está en la estructura en sí misma, el problema está en cómo se usa. Sé que este es un tema muy controversial y que seguramente mis lectores ya tienen toda una lista de argumentos para debatir lo que he plasmado en este post, pero creo que esa es la esencia de estos diálogos, ¿verdad? Que todos podamos dar nuestros puntos de vista, escuchar los de los demás, cuestionar, cuestionarnos, ser cuestionados, en fin…

A manera de conclusión, puedo decir que en lo que respecta al género, todavía queda mucho por hacer en todos los campos de la sociedad, incluyendo el glotopolítico. Sin embargo, espacios como el de este curso me llenan de esperanza, pues mis profesores y compañeros me demuestran que sí se pueden generar cambios, ya sea desde la morfología, la semántica, la pragmática o cualquier nivel lingüístico o social. Cada quien lucha a su manera, desde su contexto y su conocimiento. Lo bello es ver que la lucha es de todos y que desde campos como la glotopolítica podemos ir construyendo poco a poco una sociedad más justa y comprensiva en la que realmente se valore a todos los individuos; una sociedad en la que todas las voces puedan ser expresadas y escuchadas.

Para finalizar, les dejo algunas preguntas que nos pueden ayudar a reflexionar sobre los asuntos de género y lenguaje:

  • Si eres hombre, ¿qué palabras o expresiones usas para referirte a las mujeres en tus diferentes contextos cotidianos? ¿hay diferencias en cómo hablas de las mujeres con tus amigos y con tus amigas?
  • Si eres mujer, ¿qué expresiones o palabras por parte de hombres u otras mujeres te hacen sentir incómoda? ¿alguna vez usas esas mismas expresiones (u otras) para referirte a las mujeres?
  • Ambos: ¿cómo puedes repensar las palabras y expresiones que usas cotidianamente en pro de una sociedad más equitativa y justa para todos?
  • Ambos: ¿Consideras que el lenguaje inclusivo puede generar un cambio en las prácticas machistas de nuestro país? ¿por qué? ¿qué otras estrategias se podrían implementar para crear conciencia en lo que respecta a la relación entre problemáticas de género y lenguaje?

*Les dejo un video que mi compañera Caty me recomendó y que creo que nos permite evidenciar la relación entre género y lenguaje aun más: https://www.youtube.com/watch?v=85fqNwDKXfA

6 comentarios sobre “Sobre asuntos de género y lenguaje

  1. El lenguaje inclusivo si bien, busca darle un reconocimiento al papel de todas las expresiones de género, se que absolutamente corto en su intención. Esto, puesto que no brinda unas garantías de fondo, en su papel en la sociedad. Así mismo, no resuenan en temas esenciales tanto políticos como económicos.

    Como alguien que se identifica como hombre, puedo decir que he usado palabras que denotan la belleza del ser sin distinción alguna. Por ejemplo, les digo » churro ó churra, bello o guapo».

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  2. Hablando de género y lenguaje considero que tus inquietudes son muy válidas e inclusive pienso que es un tema de nunca acabar pero que debemos analizar y pensar. La mayoría de las personas en Colombia, mujeres y hombres, aún siguen mal utilizando el lenguaje en este aspecto del género pero más aún lo mal interpretan, y no hablo de una generación anterior hablo inclusive de las nuevas generaciones. Sobre este tema se debe hablar en casa, en el colegio, en la universidad, en todas partes para poder lograr un mínimo cambio y una mejor utilización del mismo. Te felicito por tu escrito.

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  3. A mi modo de ver y declarándome bastante ignorante en elementos conceptuales y de intención o propósito al considerar el lenguaje inclusivo, considero que este genera una cortina de humo sobre los verdaderos problemas de género que no permite evidenciar o que al menos los hace pasar desapercibidos tales como la inequidad en salarios, la «educación en machismo» que recibimos hombres y mujeres desde pequeños desde todos los frentes: abuelos, padres, hermanos, amigos, escuela, publicidad, entre otros frentes. Son a mi consideración estos temas de mayor importancia para evidenciar inequidades, injusticias y poder hacer cambios a nivel individual y de sociedad.

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  4. Hola Claudia. Me encantó tu escrito. Preguntas como la que te haces en tu texto «¿será que debo incorporar el todos y todas, todes o todx para realmente hacer parte de la lucha de género?» me remitieron a una pregunta que me hacía hace unos meses en una clase sobre mujeres y territorio: ¿será que por ser mujer per se debo hablar sobre temas de género?. Creo que lo importante es que (como mujeres) hemos empezado a cuestionarnos y hacernos este tipo de preguntas. Estudio temas de educación e interculturalidad y la referencia que haces a ella poniéndola al mismo nivel de la intercomprensión me parece bastante acertada. La lucha por el lenguaje inclusivo es tan relevante como la lucha por despatriarcalizar y decolonizar los espacios que habitamos (escuelas, universidades, calles, hogares, bares, etc.), yo diría que la cuestión no solo está en la estructura en sí misma también en cómo se usa. La importancia de estas reflexiones que pones en tu texto es que sirven para interrogar-nos, interpelar-nos, sacudir-nos, orientar-nos, etc. Saludos.

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  5. Hola, Claudia. Primero que todo te felicito por este texto tan importante en estos tiempos en los que se señala tan fuertemente desde las posiciones radicales a los que utilizan el lenguaje inclusivo y a los que no, comparto tus ideas. Cuando era pequeña y veía que en un grupo en el que nada más había un niño y la gran mayoría éramos niñas, me parecía injusto que se refirieran al grupo diciendo «niños», «los»…, sentía que por eso siempre se le daba más importancia a los niños y que a nosotras nos excluían de cierta forma,preguntaba que por qué no se podía decir en algunos momentos «niñas», «ellas»…para hacer el equilibrio. Esos cuestionamientos fueron desde un sentir, porque nunca había escuchado nada al respecto. Al crecer y con las clases de español en la escuela, consideré que el idioma no nos excluía en ese aspecto, que ahí estábamos presentes, tenidas en cuenta cuando decían «ellos», y que la lucha por tener un lugar importante en la sociedad era mucho más fuerte en otros sentidos, sobre todo en una país con un pensamiento machista bastante arraigado, y ni qué decir de la región de donde soy. También me di cuenta de que las palabras llegan a tener ese poder en contexto, sobre todo por la intención del hablante, ¿qué tal que dijeran «niñas» para hacer comentarios machistas y homófobos en torno a un niño que jugaba con nosotras? ¿Me habría sentido bien yo por haber cambiado la «o» por la «a» para no sentir que las niñas éramos excluídas? Por otro lado, con el aprendizaje del francés me di cuenta que las palabras cambian en la medida de que la sociedad cambia, de que se puede decir «ingénieurE» desde que las mujeres representamos una parte importante en ese campo (creo que ése fue el ejemplo que vi, no recuerdo muy bien), porue nosotras también podemos hacer ciencia, política, filosofía, y otras carreras en las que se nos ha subestimado, algo que todavía está en proceso. Con relación al burqa, no sé si será como el hijab, en el que unas mujeres sienten que es una práctica machista, mientras que otras sienten que hace parte de su identidad. Sin embargo me lleva a preguntarme si se puede comparar con los esclavos, que se sentían «bien» o más bien cómodos en su condición. Por último, quisiera compartir una anéctoda: al inicio del curso, me preguntaba por qué los profes decían «las estudiantes, al inicio pensaba que ocurría porque la mayoría éramos mujeres, pero en cuanto a ellos, sólo había una mujer, me ponía a pensar si nuestros compañeros se sentían incómodos o excluídos por llamarlos así. Luego entendí que lo importante era la intención y el contexto. De nuevo mil gracias por compartir esta reflexión.

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