Orientaciones para señalar un acto de habla infeliz

Desde los primeros juegos lingüísticos entre un bebé y sus cuidadores, los bebés aprenden mucho más que sus primeras palabras. A través del baby talk o el «idioma mamaés» 1, el recién nacido practica además de la vocalización de palabras secuencias como la pregunta-respuesta «¿On tá bebé? Aquí tá». Más adelante, con las típicas correcciones de «no se dice “decido” sino “dicho”, no se dice “rompido” sino “roto”, no se dice “no sabo” sino “no sé”», se enseña al niño que las regularidades lingüísticas que aprendió no se cumplen siempre y que hay unas irregularidades que debe aprender. De igual manera, cuando se le dice al niño parlanchín entusiasmado con sus nuevas habilidades lingüísticas «cuando los mayores hablan, los niños escuchan» se le enseña también que no basta con usar las palabras correctas con la estructura correcta, sino que debe usarlas en el momento apropiado según las personas presentes (toda conversación tiene unos turnos de palabra y estrategias para mantener el turno, ganarlo o distribuirlo). Más adelante, ya en el espacio institucional de la escuela, viene la enseñanza de la escritura «tienes que hacer la letra bonita», la gramática «la coma está mal puesta», la sintaxis «esa frase no se entiende», la norma estándar y su ortografía «esta palabra no es con “B” sin con “V”». Por medio de cada una de estas correcciones, los niños y las niñas se familiarizan con el mundo del lenguaje, aprenden a usar “correctamente” su sistema lingüístico pero también las normas sociales que debe seguir para no ser siempre inoportunos y eternamente corregidos.

En principio, la mayoría estará de acuerdo en atribuir a la corrección un papel fundamental e indiscutible en el aprendizaje del lenguaje y en el cuidado metafórico del «tesoro de nuestra lengua». De hecho, para Talbot Taylor (1997) todo el lenguaje se despliega siempre en un ámbito normativo y, por tanto, para la lingüista feminista Deborah Cameron (2005), valorar y corregir las prácticas lingüísticas propias y ajenas es inherente en el ser humano. Sin embargo, con los señalamientos a las hegemonías lingüísticas, a la ideología de la lengua estándar, a la glotofobia, a la discriminación basada en el lenguaje, a los lingüicidios y a la violencia simbólica, es cada vez más incómoda la corrección lingüística entre quienes estudiamos o enseñamos algo relacionado al lenguaje. ¿La corrección reproduce hegemonías lingüísticas y la violencia simbólica? ¿Corregir es necesario? ¿Es mejor que cada quien hable como habla o escriba como escribe? ¿Qué pasa si no corrijo? ¿Hay «buenas» y «malas» correcciones? Estas preguntas cobran especial relevancia pues, en efecto, según José del Valle (2017), la prescripción y la proscripción son los principales lugares donde se manifiesta y disputa el carácter político del lenguaje. Con todo esto, este texto busca dar unas pocas orientaciones para saber si corregir o no corregir y para hacerlo mejor si es el caso.

  1. Sobre la posibilidad de la corrección

Partiremos de dos hechos. El primero, quien identifica un acto de habla infeliz 2, puede señalarlo y ejercer algún tipo de violencia simbólica se encuentra, casi que en todos los casos, en una relación de poder ventajosa con el señalado (puede ser una relación de padres a hijos, de profesores a estudiantes, de jefes a subalternizados, etc). Por ejemplo, la directora de una empresa señala a su secretaria que el correo que escribió «está mal escrito». Independientemente de cómo haya estado escrito, la secretaria deberá cambiar la forma del mensaje hasta que la directora, su evaluadora, esté satisfecha. La relación de poder entre una y otra se actualiza en este momento. El caso contrario puede suceder, la secretaria puede detectar también un desacierto en el mensaje de la directora, pero ella no estará en posición de señalar el error, no podrá decir «ese correo que usted escribió está mal escrito», deberá esforzarse para descifrarlo, reescribirlo o preguntarle «disculpe, es que no entiendo el correo que escribió». En este caso, aunque el desacierto lingüístico sea de la directora, la relación de poder no se ha afectado, no existía siquiera la posibilidad de que eso pasara o de que la directora cometiera un acto de habla infeliz. El segundo, quien puede identificar un acto de habla infeliz no se encuentra en esa posición debido a un talento natural sino a una disposición cultivada que ha ganado por privilegios heredados histórica y arbitrariamente (de clase, género, raza, nacionalidad, etc.) y quien comete el «error» no lo comete por algún tipo de déficit sino por el resultado de la desigualdad de acceso a la apropiación de la lengua estándar. En este sentido, una vez se ha reconocido la posición de poder arbitrariamente adquirida la pregunta es ¿qué hacer con el poder de la corrección?

  1. ¿Corregir o no corregir?

Cuando se identifica un acto de habla infeliz se abre una gama de posibilidades en cuyos extremos están señalarlo o dejarlo pasar.

Dejarlo pasar, en principio, no afecta directamente ni a quien lo ejecuta ni a quien lo identifica. Quien identifica y calla no se desgasta, se ahorra señalar como es que el otro lo dijo y se ahorra explicar como es que supuestamente debió decirlo, además, se ahorra la incomodidad de poner en evidencia a quien comete el acto de habla infeliz (a pesar de ello, en ocasiones, el prestigio del desafortunado hablante se verá mermado ante los ojos de su juez). Así, cuando el que identifica calla todo quedará, por lo menos momentáneamente, relativamente igual, incluso, la posibilidad de que el desafortunado sujeto cometa de nuevo el infortunio pero en condiciones más inapropiadas, como en una prueba estándar o en una entrevista de trabajo.

Señalarlo, en cambio, abre una gama de posibilidades que van desde la reproducción de nocivas ideologías lingüísticas3 hasta la creación de oportunidades educativas. ¿Cómo saber qué tipo de corrector soy? ¿Qué ideologías lingüísticas reproduzco? ¿Cómo podría corregir «mejor»? Sobre nuestra pregunta inicial de si debemos o no corregir diremos que la respuesta no es final sino contextual. La corrección puede ser apropiada o no dependiendo de la forma de la corrección y su contexto.

  1. Algunos efectos de la corrección

Para empezar haremos una distinción acerca de tres posibilidades de corrección4 de acuerdo a sus posibles efectos:

  • Corrección inútil: suele ser aquella que se limita a señalar un desajuste con la norma sin indicar por qué se desajusta o cómo podría ajustarse. Ejemplos de este tipo son las contundentes apelaciones al «hilo conductor», a la «poca claridad del texto» o a lo «confuso de los argumentos». Nada en estas correcciones aporta herramientas para concatenar argumentos coherentemente, estructurar mejor un texto o tejer con el místico «hilo conductor».
  • Corrección simbólicamente violenta5esta reproduce ideologías lingüísticas como que existen variedades dialectales mejores que otras o que hay una relación entre los capitales lingüísticos y las capacidades cognitivas. Ejemplos de este tipo son «el que no sabe escribir no sabe pensar», «hablar de tal manera está mal» o «para qué corregir textos con mala ortografía». Vemos que esta corrección, además de no brindar herramientas para acercar al infeliz hablante a la norma, culpa al hablante de su falta, desmotiva el aprendizaje y reproduce lo natural de la norma.
  • Corrección útil: es aquella que, junto al señalamiento del acto de habla infeliz, explica las razones que constituyen ese «error» como error, que señala ideologías lingüísticas presentes en el uso del lenguaje y que presenta herramientas para evitar los desaciertos mencionados.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que aunque apostemos por una corrección útil esta puede resultar inútil en las «condiciones inapropiadas». Por ejemplo, corregir ortografía o gramática en un programa de alfabetización para adultos mayores, aunque se haga de la mejor manera y con las mejores intenciones, puede resultar inútil, y hasta contraproducente, pues entorpecerá el proceso de apropiación de la técnica de la escritura. Igual sería corregir constantemente elementos gramaticales en los momentos iniciales de un curso de lenguas extranjeras.

  1. Conclusiones: ¿qué hace falta para realizar correcciones apropiadas?

El texto inició con la afirmación de que el lenguaje se despliega siempre en un entorno normativo, sea que este entorno responda a la norma consuetudinaria o a la norma institucionalizada de las academias y sus diccionarios. Acerca de si corregir o no, se mencionó que la respuesta varía de un contexto a otro pero que, en todo caso, la corrección ofrece más posibilidades que la no corrección. Posteriormente, mencionamos tres efectos de la corrección y alentamos las correcciones útiles. Como conclusión, es importante señalar que una corrección inútil o violenta no se da por la mala voluntad de quien corrige —de hecho, usualmente se hacen con la mejor voluntad— sino por algunas de las siguientes razones sobre las que considero importante volver:

  1. Las ideologías lingüísticas no son evidentes, siempre aparecen como «naturales», «neutrales» u «objetivas». Poder identificarlas no basta con hacer y distribuir un inventario de estas, requiere de una verdadera labor de «contraadiestramiento» que permita estar atentos a estas y reconocerlas en sus diversas formas de aparición.
  2. Señalar la ideología lingüística es solo la mitad del camino. Los intelectuales suelen ser hábiles en identificar los problemas pero pobres a la hora de brindar herramientas a quien se enfrenta a estos. Es necesario avanzar en la adaptación de currículos, en la construcción de cursos y en la difusión de herramientas para poder actuar mejor respecto a los desaciertos lingüísticos. Con ello podremos volver menos incómoda la pregunta de: «Muy interesante lo que usted dice pero entonces ¿cómo hago yo mañana en mi clase?».
  3. Las correcciones útiles demandan más tiempo y esfuerzo por parte de quien corrige. Escribir «la coma está mal puesta» es mucho más sencillo que colocar en un comentario «la coma nunca separa el verbo del sustantivo a menos que…». Lastimosamente, el sistema educativo sobrecarga al docente y no ofrece condiciones para hacer este tipo de correcciones.

Notas al pie

1 Cuando los adultos conversan con un bebé hipervocalizando, «acortando palabras», usando tonos más agudos y un ritmo más pausado.

2 Según el filósofo británico John Austin (2009), para que cualquier expresión lingüística tenga los efectos deseados por un hablante debe enunciarse, además de lingüísticamente bien, en las «condiciones apropiadas». Cuando se hace en las condiciones inapropiadas, será un acto de habla infeliz (infelicitous en el original), como decir «bautizo Mengano a este barco» tratándose de un barco ajeno o decir «apuesto un millón al tercer caballo» cuando la carrera ya ha acabado y el tercer caballo fue el ganador. «Error» sería la palabra común para designar los actos de habla infelices. Sin embargo, esta puede llevar a pensar que una enunciación es esencialmente errónea y nunca será exitosa. El acto de habla infeliz señala que un error se constituye como tal solo en unas condiciones particulares, lo que es error en un contexto puede no serlo en otro.

3 En este texto, entendemos a la ideología lingüística como un concepto que une dos hechos: el primero es que el lenguaje sirve como un elemento que identifica y marca diferencias entre grupos, así una ideología lingüística se refiere a una percepción que identifica a una cierta variedad dialectal y a sus hablantes con unas características particulares. El segundo es que estos prejuicios a la vez que sirven como una «descripción del mundo» crean realidades y reproducen estructuras de poder (Woolard, 2012). Así, la ideología lingüística de que «el español bogotano es el mejor, porque es neutro» lleva a que los docentes en Bogotá busquen «corregir» el habla de estudiantes de otras variedades dialectales (Rodríguez, 2018).

4 Debo la posibilidad de establecer esta categorización a las orientaciones de Daniel Rudas-Burgos para la corrección de textos y, por supuesto, a la infinidad de correcciones útiles que he recibido de él.

5 La violencia simbólica es un concepto acuñado por Pierre Bourdieu. Es aquella forma de violencia que se ejerce sobre un alguien sin que el violentado —ni muchas veces quien violenta— identifique que una violencia está siendo ejercida, es decir, la violencia simbólica se legitima en una aceptación dóxica de acciones, postulados o estructuras que se viven repetidamente como «naturales» (Bourdieu & Wacquant, 1995). Para Bourdieu, la forma de hacer frente a la violencia simbólica debe pasar, además de por una toma de conciencia, por una «auténtica labor de contraadiestramiento» (Bourdieu, 1999, p. 227).

Bibliografía citada

Austin, J. (2009). Como hacer cosas con palabras (J. Urmson, Ed.). Paidós.

Bourdieu, P. (1999). Meditaciones Pascalianas. Anagrama.

Bourdieu, P., & Wacquant, L. (1995). Respuestas por una antropología reflexiva. Grijalbo.

Cameron, D. (2005). Verbal hygiene. Routledge.

Del Valle, J. (2017). La perspectiva glotopolítica y la normatividad. Anuario de Glotopolítica1, 17–39.

Rodríguez, A. (2018). Actitudes e ideologías lingüísticas de docentes de español: Entre la corrección y el valor de la diversidad. Análisis50(92), 95–117. https://doi.org/10.15332/s0120-8454

Taylor, T. (1997). Theorizing Language. Pergamon.

Woolard, K. (2012). Las ideologías lingüísticas como campo de investigación. En B. Schieffelin, P. Kroskrity, & K. Woolard (Eds.), Ideologías lingüísticas: Práctica y teoría (pp. 19–70). Los libros de la Catarata.

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